El Oceanogràfic abre sus puertas a una mirada que va más allá de sus acuarios. Pepa Ferrando, del departamento de Educación e Interpretación Ambiental, nos acompaña en este recorrido para descubrir cómo el centro convierte sus espacios, animales y proyectos de conservación en herramientas de aprendizaje, divulgación y concienciación ambiental.
Porque en el Oceanogràfic educar también significa conectar, experimentar, hacerse preguntas y aprender a mirar de otra manera aquello que tenemos delante. Y esa educación no se queda dentro de las instalaciones: llega a colegios, institutos, universidades, familias, grupos con diversidad funcional, municipios y espacios naturales.
La idea que atraviesa todo el trabajo de Pepa y su equipo se puede resumir en una frase que ella misma repite durante nuestra conversación: “Si no conectas, no quieres proteger”. Y ahí está una de las claves para entender por qué un acuario puede ser también un lugar para aprender sobre nuestro propio entorno.

Aprender el mar con las manos, los ojos y todos los sentidos
El Oceanogràfic permite ver tiburones, tortugas, delfines, pingüinos o medusas, pero la educación intenta que la visita no termine en un simple “qué bonito”.
Por eso los programas educativos se organizan alrededor de diferentes temas. En el curso 2026-2027 hay propuestas como el Viaje del Tiburón, Viajando con Marina, dedicado a las tortugas marinas; Viaje de Delfines y Leones Marinos; Guardianes del Mediterráneo; Viajando con Nemo y Dori, centrado en los ecosistemas tropicales, o la nueva Expedición Polar, que acerca al alumnado a los animales de las regiones polares y al trabajo científico que se desarrolla allí.
La intención es que cada grupo pueda encontrar su propio hilo conductor. “Tematizamos a lo bestia”, explica Pepa, porque intentar abarcar todos los mares y océanos representados en el Oceanogràfic en una sola visita sería demasiado. La especialización permite que un grupo salga pensando en tiburones, otro en tortugas, otro en el Mediterráneo y otro en la Antártida, pero que todos se lleven algo más que una colección de fotografías.
Y en esa manera de enseñar hay algo especialmente interesante: el contacto directo. En los talleres utilizan muestras biológicas para que el alumnado pueda tocar, observar e identificar aquello que está aprendiendo. Pepa pone un ejemplo muy valenciano: la posidonia. “Es la planta que es la estructura del Mediterráneo”, explica durante la conversación, lamentando que incluso estudiantes universitarios puedan llegar sin conocerla.
No hace falta viajar muy lejos para encontrar grandes lecciones sobre naturaleza. A veces están bajo nuestros propios pies.

Una educación que no termina cuando el colegio vuelve a casa
Aquí aparece una de las partes menos conocidas del trabajo del Oceanogràfic. Educación no significa únicamente recibir excursiones escolares dentro del acuario.
El equipo también desarrolla actividades fuera de sus instalaciones. A través de diferentes proyectos pueden desplazarse a municipios y espacios naturales para trabajar sobre biodiversidad, realizar talleres, actividades de anillamiento científico de aves o acciones relacionadas con la conservación.
Un colegio de Torrent, por ejemplo, puede trabajar la biodiversidad urbana en un espacio cercano sin necesidad de trasladar toda la experiencia al Oceanogràfic. Y también existe una atención específica a grupos vulnerables y a personas con necesidades especiales, con propuestas adaptadas a sus características y con los apoyos necesarios para que puedan disfrutar de la experiencia educativa.
La educación también alcanza a estudiantes universitarios y profesionales. El departamento participa en programas de prácticas y formación vinculados a áreas como Biología, Ciencias Ambientales, Ciencias del Mar o Educación Ambiental. Además, existen cursos muy especializados sobre tiburones, tortugas, mamíferos marinos, corales o medusas.
Y existe otra conexión especialmente valenciana: la Albufera. Los espacios naturalizados del propio Oceanogràfic funcionan como un puente entre el mar, la huerta y el parque natural. El equipo trabaja también en actividades en este entorno y pone el foco en la importancia de conservar unos ecosistemas cuya salud está directamente relacionada con la del mar y la tierra.
Así, una visita al Oceanogràfic puede acabar provocando algo curioso: que cuando volvamos a la playa, a la Albufera o simplemente veamos el mar, lo miremos con un poco más de atención.

¿Por qué merece la pena hacer un programa educativo?
Con todo esto, la pregunta es casi inevitable: ¿por qué un colegio debería elegir una actividad educativa en lugar de hacer simplemente una visita libre?
La respuesta de Pepa es bastante clara. El Oceanogràfic ofrece charlas gratuitas y los grupos pueden recorrer las instalaciones por su cuenta, pero desde Educación recomiendan contratar uno de los viajes porque hay un educador detrás, unos recursos y un objetivo concreto. “El mensaje se lo llevan”, explica.
Además, para este curso se ha preparado un nuevo plano escolar que permitirá orientar a los grupos que hagan la visita libre, con propuestas de preguntas y una planificación para que el recorrido no se convierta simplemente en ir de un acuario a otro.

La oferta 2026-2027 permite, por tanto, elegir según la edad y los intereses del alumnado. Primaria continúa siendo el gran público escolar, mientras que el Oceanogràfic quiere reforzar especialmente su conexión con Secundaria, Bachillerato y ciclos formativos. Para estos jóvenes llega precisamente uno de los proyectos más especiales del curso: una expedición vinculada a la Antártida que combina la visita al Oceanogràfic con tres conexiones en directo con una base española para conocer la logística, la investigación científica y la sostenibilidad en los polos.
Y tampoco hace falta que todos los aprendizajes ocurran dentro de un acuario. La Red de Escuelas Azules, coordinada por el Oceanogràfic en la Comunitat Valenciana, busca precisamente introducir una mayor cultura del mar en los centros educativos y llevar ese “currículum azul” al aula.
Quizá por eso, después de hablar con Pepa, el Oceanogràfic se entiende de otra manera. No es solamente un lugar al que ir a ver animales. Es un espacio desde el que aprender qué hay detrás de ellos, qué amenazas afrontan y qué relación tenemos nosotros con todo ese ecosistema.
Y ahí está la invitación: acercarse, mirar, preguntar, tocar cuando sea posible, escuchar a quienes trabajan cada día con estas especies y dejar que el mar nos resulte un poco menos desconocido. Porque, como nos recuerda Pepa, si no conectamos con la naturaleza, difícilmente vamos a querer protegerla.



