El emblemático edificio de Valencia que tuvo que luchar contra rachas fuertes de viento

En julio de 1989, las obras finalizaron y los vecinos pudieron volver a sus apartamentos

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Plano auditorio Pobla de Farnals
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Las obras de aquel edificio finalizaron en 1976. Una impresionante torre de 20 plantas y 56 apartamentos en la efervescente playa de La Pobla de Farnals. Todo era idílico, aunque algo iba a fallar. Cuando las fuertes rachas de viento la azotaban, el edificio se zarandeaba.

Como consecuencia de su inestabilidad aparecieron los primeros síntomas: desconchones en el revestimiento de las fachadas, desprendimientos en las placas de mármol y grietas. A principios de los años 80, una potente tormenta encendió definitivamente la luz de alerta. Incluso llegaron a volcarse muebles de los pisos superiores.

Los residentes salieron al exterior por miedo a un derrumbamiento. A partir de entonces comenzó un proceso judicial que permitió esquivar la declaración de ruina y que finalizó con un singular proyecto de rehabilitación firmado por los arquitectos Vicente Bernardo Monzó y José Ignacio Guillén Salazar.

La solución técnica consistía en la instalación de tres imponentes estructuras metálicas alrededor de la urbanización Presidente V. Actualmente, más de cuatro décadas después de aquella insólita reparación, estos profesionales se han reunido para recorrer las entrañas de una de las obras más distintivas de Valencia.

1984, declaración del edificio en ruinas

A mediados de los años 80, el Ayuntamiento del municipio declaró el estado ruinoso del edificio. No obstante, la comunidad de propietarios no se resignó y acudió a los tribunales para emprender un largo proceso judicial que terminó resultando satisfactorio.

Los vecinos consiguieron el visto bueno para que la torre fuese reparada, siempre que el coste de la intervención no superase el 50 % del valor de tasación del inmueble. El arquitecto Vicente Bernardo, jubilado desde hace años, ha recordado que el problema era que, en caso de derrumbe, podrían perderse hasta siete alturas. Esto dejaría prácticamente a todos los vecinos sin su apartamento.

Por su parte, José Ignacio Guillén ha explicado: "Había volumen construido de más del permitido en la parcela. Más bien, era ilegal. Y se ve que la licencia se había dado indebidamente, por lo que pidieron la ruina urbanística por un lado y la ruina constructiva por otro".

En aquellos años, Juan Granel era el promotor. El proyecto de Escario estaba bien planteado, con dos pantallas pegadas a las escaleras que proporcionaban la rigidez suficiente para evitar que el edificio se doblase.

Aunque Guillén ha afirmado que, si se hubiesen mantenido aquellas pantallas, no habría habido ningún problema, convirtiendo la caja de escalera en una viga, "se ve que hubo problemas" entre Escario y el promotor.

El entonces presidente de la comunidad de vecinos, Ramón Blanquer, habló sobre la supervivencia del edificio. El arquitecto recuerda el momento en que ambos se conocieron. Tras una cena y varios planos, Bernardo aceptó el reto junto con el arquitecto técnico.

Ambos optaron por una solución de arriostramiento que se ha convertido en una obra de referencia. Durante unas obras llevadas a cabo entre 1987 y 1989, tres torres de acero proporcionaron al edificio la rigidez de la que carecía.

"Son tres estructuras independientes, cada una pesa 300 toneladas y la cimentación más profunda es de 32 metros", ha explicado Guillén. Con un dossier en la mano, comenzaron a estudiar el edificio hasta llegar a la conclusión de que necesitaban que las torres metálicas tuviesen una inercia prácticamente infinita para soportar el empuje del edificio. Ambos arquitectos calcularon una resistencia frente a rachas de viento de hasta 140 km/h.

Un proyecto exitoso que forma parte del paisaje costero

Durante las obras, las viviendas tuvieron que desalojarse, a excepción de unas pocas. "Se fueron todos menos una francesa que no hablaba español y se dedicó a dar café con leche y bollería a todos los albañiles", recuerda Bernardo.

Durante ese periodo hubo un importante aumento de la valoración de los apartamentos. "Hace 40 años vendían estos apartamentos por 500.000 pesetas. Cuando dimos el final de obra, el precio subió hasta los 3.000.000", remarcan ambos arquitectos.

En julio de 1989, todos los propietarios regresaron a sus apartamentos y lo celebraron con una cena multitudinaria en la que los arquitectos fueron aclamados. Este exitoso proyecto forma actualmente parte del paisaje de la playa de La Pobla de Farnals, convirtiéndose en uno de los elementos más reconocibles de este enclave turístico.