¿Qué queda cuando todo se evapora? Esa pregunta, incómoda y urgente, es el punto de partida de 'Todo lo sólido se desvanece en el aire', la nueva exposición colectiva que el Centre del Carme Cultura Contemporània (CCCC) de València acoge hasta el 13 de diciembre en su Sala 2. La muestra reúne las obras de nueve artistas de relevancia nacional e internacional que han tomado la ciudad de València como objeto de estudio y que, desde disciplinas tan diversas como la fotografía, la escultura, la instalación sonora o el vídeo, construyen un retrato inquietante del tiempo que vivimos.
Una ciudad como espejo de lo volátil
El título de la exposición no es casual. Tomado del filósofo marxista Marshall Berman —quien a su vez lo heredó del Manifiesto Comunista— condensa una idea que la comisaria Diana Padrón ha convertido en hilo conductor: la aceleración del mundo contemporáneo ha disuelto las certezas. Contratos laborales, derechos sociales, vivienda, moda, relaciones afectivas... Todo parece sujeto a la misma lógica de la obsolescencia.
"Sin duda, el mercado y los valores financieros son volátiles, pero también son cada vez más obsolescentes los contratos de los trabajadores, los derechos, la vivienda, el consumo, la moda, el gusto e incluso las relaciones afectivas" - Diana Padrón, comisaria de la exposición
Padrón, que ha comisariado la muestra con una mirada que cruza economía, cultura y política, sitúa el foco en lo que denomina «trabajo inmaterial»: esa lógica de rendimiento constante y adaptación sin límites que convierte al trabajador contemporáneo en una especie de acróbata desafiando la gravedad. La figura del rider que atraviesa la ciudad «volando» se convierte así en metáfora perfecta de una era en la que el espacio doméstico es oficina y el descanso, lujo.
La exposición fue presentada por el director-gerente del Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana, Nicolás Bugeda, quien destacó la oportunidad que ofrece la muestra para ver València desde fuera, a través de artistas que, sin ser valencianos, han establecido algún vínculo con la ciudad. El propio Centre del Carme tiene una historia que ya de por sí habla de transformación: ocupa el antiguo Real Monasterio de Nuestra Señora del Carmen, fundado en 1281, y fue declarado Monumento Histórico-Artístico Nacional en 1983 antes de convertirse en el espacio de cultura contemporánea que es hoy.
Nueve obras, nueve formas de nombrar lo efímero
La propuesta de María Alcaide arranca desde el mundo laboral más reconocible: encuestas a trabajadores reales, transformadas en una instalación que recrea el interior de una oficina. El trabajo fordista —ese modelo industrial en el que cada empleado repetía la misma tarea toda su vida— queda aquí confrontado con la realidad del trabajador multitarea de hoy, siempre disponible, siempre adaptable.
Lorenzo Sandoval también mira al trabajo, pero hacia atrás: su investigación en las fábricas de textil valencianas desvela que las máquinas tradicionales ya empleaban tecnologías que hoy asociamos con la innovación más puntera. La fotografía y la escultura son sus herramientas para mostrar que lo «nuevo» a veces tiene mucho de reciclado.
El colectivo Lemos and Lehmann opta por lo literal: una fotografía de una nube de vapor brotando de un volcán islandés. La imagen, aparentemente contemplativa, es en realidad una declaración sobre lo intangible. La artista sonora Laura Llaneli recoge ese vapor y lo transforma en sonido: una instalación construida con los platillos rotos de otros músicos que reflexiona sobre la imposibilidad del sonido y la incapacidad de escuchar el propio cuerpo.
Natalia Domínguez lleva esa escucha al límite físico: su instalación sonora se construye con respiraciones y sonidos de esfuerzo y agotamiento, acompañada de materiales procedentes de un paracaídas. La volatilidad aquí ya no es metáfora económica, sino corporal. Cristina Garrido, por su parte, dirige la cámara hacia la industria cultural y sus ferias de arte, cuestionando la hiperproducción en un sector que también ha sucumbido a la lógica del rendimiento continuo.
El fotógrafo Denis Darzacq construye imágenes perturbadoras: cuerpos flotando en el interior de supermercados, en referencia directa a la obsolescencia programada y al consumo como fuerza gravitatoria. Y Miquel García convierte los datos del mercado inmobiliario valenciano en escultura: una silueta urbana de más de siete metros de longitud trazada con las cifras de la evolución del precio del alquiler y la venta de vivienda en la ciudad. Números que duelen, convertidos en forma.
Cierra la nómina Pablo Capitán del Río, con una escultura de resina pensada para transformarse durante toda la exposición hasta desvanecerse. Es, quizás, la pieza más honesta de todas: una obra que asume su propia muerte desde el primer día, en la tradición del Arte Povera de los años setenta, cuando artistas como Mario Merz o Jannis Kounellis comenzaron a trabajar con materiales perecederos para cuestionar el valor eterno del arte.
Arte que incomoda donde debería incomodar
El Centre del Carme es hoy un centro de cultura contemporánea que da cabida a un amplio abanico de lenguajes y prácticas artísticas, convertido en un gran contenedor de cultura viva recuperado para la ciudadanía. Y precisamente en ese espacio de acceso libre y vocación pública cobra más sentido una exposición que no habla de arte en abstracto, sino de las condiciones materiales de la vida cotidiana: el precio del alquiler, la precariedad laboral, el agotamiento del cuerpo productivo. 'Todo lo sólido se desvanece en el aire' puede verse hasta el 13 de diciembre, y deja una pregunta en el aire —literal y figuradamente— que cada visitante tendrá que responder por su cuenta: si todo se evapora, ¿en qué vale la pena anclar el presente?


