Con la guerra en Irán y las tensiones en Oriente Medio, la situación económica ha dado un vuelco en casi todo el mundo. El bloqueo impuesto por el régimen de los ayatolás en el estrecho de Ormuz ha generado una escasez de crudo en casi todos los países, especialmente en aquellos más dependientes del mercado saudí.
Por esta zona geográfica circula cerca del 20 % del petróleo mundial, y el cierre de su navegación ha provocado que los precios del barril de Brent —referente en el coste del crudo en Europa— se disparen hasta superar los 100 dólares el barril. Obviamente, esto se traduce enseguida en un aumento del coste del combustible en las estaciones de servicio.
Y es que los precios del combustible se sitúan en cuotas altísimas: más de 1,80 euros el litro de diésel y más de 1,65 euros la gasolina. También es cierto que, con la rebaja del IVA, los precios disminuyeron relativamente. Sin embargo, pocos días antes el precio del barril bajó tras ciertas distensiones del conflicto. No obstante, los consumidores no apreciaron ninguna rebaja en las estaciones de servicio.
De hecho, FACUA —organización no gubernamental en defensa de los derechos de los consumidores— denunció que, mientras la cotización del crudo bajaba, los precios en las gasolineras seguían subiendo. La organización exige al Gobierno que actúe de inmediato, regulando el mercado del crudo.
El “efecto cohete y pluma”
De manera paralela, la mayoría de los consumidores coincide en que los precios suben inmediatamente, pero siempre necesitan un largo período para bajar. Cuando el mercado vuelve a la estabilidad, como ocurrió tras las jornadas complicadas después de declararse la guerra en Ucrania, los precios tardan en descender.
Este fenómeno es conocido como “efecto cohete y efecto pluma”. Sin embargo, la explicación del sector a este efecto pasa por la distribución en la cadena de producción. Y es que, aunque caiga el precio del crudo, otros costes como el transporte, el almacenamiento o la distribución siguen siendo elevados.
Todas estas fases, desde su producción hasta la llegada a las estaciones de servicio, implican unos gastos que, en escenarios de inestabilidad, las empresas trasladan al precio final. Esto se ilustra especialmente en el primer efecto, con precios que se disparan “como un cohete”.
Sin embargo, cuando la cotización del crudo baja, no lo hace de inmediato en las estaciones, dado que estas venden el combustible adquirido previamente a un precio más alto. De esta manera, si las estaciones de servicio pretenden mantener su margen de beneficios, no les interesa reducir el precio de forma inmediata.
Otro factor importante es el cambio de divisa: el petróleo se paga en dólares; sin embargo, las variaciones en la cotización de las distintas monedas llevan a los vendedores a no reducir inmediatamente su precio de venta.
Oligopolio del combustible
Asimismo, otra cuestión es la falta de competencia. Cuando el mercado está dominado por un pequeño número de grandes multinacionales, estas pueden permitirse mantener precios altos y, así, aprovechar el escenario para incrementar su margen de beneficio.
Y, finalmente, hay que entender qué es la elasticidad de la demanda. Es decir, en un mercado como el del crudo, la elasticidad mide hasta qué punto los consumidores reaccionan ante una subida de precios. Puesto que, como decíamos, la competencia es baja y no existen productos sustitutivos, los consumidores aceptan las nuevas condiciones y siguen comprando, ahora a un precio más alto.
Hay quienes relacionan esta práctica con la especulación, en este caso a nivel internacional. Lo que queda claro es que los beneficiados son las empresas refinadoras y los más damnificados, como siempre, los consumidores y las clases trabajadoras que dependen de este recurso para seguir trabajando. Son ellos quienes sufren las consecuencias y pierden capacidad adquisitiva.


