Veintinueve años han pasado desde aquel 13 de julio de 1997 en que ETA asesinó al concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco con dos disparos en la cabeza, y aun así el recuerdo sigue encendido en miles de plazas y ayuntamientos de toda España. València fue uno de ellos este viernes. La corporación municipal, presidida por la alcaldesa María José Catalá, participó en el acto de homenaje celebrado en el Parque Miguel Ángel Blanco del barrio de Benicalap, el espacio que la ciudad dedica a la memoria del edil vasco y de todas las víctimas del terrorismo.
Un parque, un manifiesto y un minuto de silencio
La ceremonia valenciana se integró en la ola de conmemoraciones que la Fundación Miguel Ángel Blanco promovió este año bajo el lema "Tu legado nos compromete", un homenaje que miles de municipios del país mantienen cada año para recordar el impacto que tuvo el asesinato de Blanco en la historia reciente de España, que marcó el inicio del llamado "Espíritu de Ermua". No fue un acto improvisado ni puramente protocolario: tuvo lectura de manifiesto, minuto de silencio y ofrenda floral.
El encargado de proclamar el manifiesto en defensa de la democracia y la convivencia fue Carlos Casañ, hermano de Edmundo Casañ, víctima del terrorismo. Una elección cargada de significado: no un político al uso, sino alguien con la herida abierta de primera mano. Tras sus palabras, la plaza guardó silencio. Después, la ofrenda floral cerró el acto con la solemnidad que merece la ocasión.
Catalá: "No blanqueemos el terrorismo"
La alcaldesa tomó la palabra para recordar la fecha exacta del crimen y el compromiso que implica conmemorarlo año tras año. Sus palabras no se quedaron en el homenaje genérico.
"Un año más hemos querido conmemorar lo que la fundación nos ha transmitido: que no blanqueemos el terrorismo ni a los herederos políticos de ETA; y que no olvidemos que esta sociedad no debe olvidar" - María José Catalá, alcaldesa de València
Catalá subrayó también la necesidad de "hacer actos de justicia y de reparación con las víctimas del terrorismo", una exigencia que conecta con el espíritu del propio manifiesto de la Fundación. La sociedad española tiene, según ese texto, la obligación moral de transmitir a las nuevas generaciones lo que ocurrió, no para alimentar el enfrentamiento, sino para que el olvido no abra la puerta a la manipulación.
El hombre detrás del símbolo
Miguel Ángel Blanco era un economista y político municipal del Partido Popular en Ermua, en el País Vasco, que fue secuestrado y asesinado por ETA. Tenía veintinueve años cuando ETA lo secuestró el 10 de julio de 1997; cuarenta y ocho horas después apareció herido de muerte con dos tiros en la cabeza en la localidad guipuzcoana de Lasarte. Lo que siguió fue algo sin precedentes: más de dos millones de españoles salieron a la calle tras conocerse el secuestro. El impacto fue tan profundo que incluso algunos seguidores de ETA condenaron públicamente el crimen, y de aquel momento nació el "Espíritu de Ermua" y la propia Fundación Miguel Ángel Blanco.
ETA dejó tras de sí 1.451 víctimas mortales, más de 5.000 personas heridas y 167 secuestradas. Blanco fue una de las más jóvenes, una de las más visibles, y por eso su nombre se convirtió en símbolo. Pero como recuerda el manifiesto de este año, "Miguel Ángel Blanco no es solo un símbolo. Era una persona. Un hombre joven, bueno y valiente, que se sentía orgulloso de ser vasco y español sin complejos y, por eso, ETA lo eligió."
València, memoria en piedra y en acto
Que València cuente con un parque dedicado a su memoria no es un detalle menor. Es una declaración de intenciones permanente, una forma de que el recuerdo no dependa del calendario. La alcaldesa lo destacó expresamente: "aquí hemos concentrado a todas las víctimas valencianas", convirtiendo ese espacio verde de Benicalap en un lugar de confluencia entre la historia nacional y el duelo local.
Catalá cerró su intervención apelando a la responsabilidad colectiva con una frase que resume bien el tono del acto: la democracia, dijo, "la hemos construido entre todos con mucho esfuerzo, con sangre, sudor y lágrimas", y protegerla pasa por mantener viva la memoria de quienes pagaron el precio más alto para que otros pudieran vivir en libertad. Un ejercicio de dignidad, como ella misma lo llamó, que València repite cada julio frente a un parque que lleva el nombre de un concejal al que nunca conoció, pero que decidió no olvidar.


