Los mercados de distrito de València —esos espacios que huelen a pescado fresco, verdura de temporada y conversación de barrio— están a punto de estrenar nuevas reglas de juego. La Comisión de Patrimonio del Ayuntamiento de València ha aprobado este martes, por unanimidad, la modificación de la Ordenanza de Mercados de Distrito, un paso decisivo que ahora deberá ratificar el Pleno municipal antes de entrar en vigor.
La reforma no surge de la nada ni por iniciativa exclusiva del equipo de gobierno. Su origen está en las demandas trasladadas por la Confederación de Mercados Tradicionales de la Comunitat Valenciana, Confemercats, que agrupa a los mercados municipales de la región y que llevaba tiempo reclamando una puesta al día de la normativa. La ordenanza vigente data de 2018, y la actualización busca adaptar el funcionamiento de los mercados municipales a la realidad actual, incorporando cuestiones que hasta ahora no estaban reguladas o lo estaban de forma insuficiente. Al texto también se han incorporado alegaciones presentadas por los distintos grupos políticos municipales durante su tramitación, lo que explica en parte ese respaldo unánime en comisión.
Menos bazar, más mercado
El cambio más llamativo —y el que más debate ha generado en los últimos meses— afecta a la composición de los puestos. Hasta ahora, un mercado de distrito podía destinar hasta el 20% de sus paradas a la venta de productos no alimentarios: ropa, complementos, artículos del hogar o cualquier otro producto que poco tiene que ver con la cesta de la compra. La nueva ordenanza recorta ese porcentaje a la mitad, fijando un máximo del 10%.
La lógica detrás de esta decisión es clara: si un mercado de barrio empieza a parecerse más a un bazar que a un espacio de alimentación, pierde su razón de ser. El objetivo es garantizar que no más del 10% de los puestos sea de productos no alimentarios , reforzando así la función esencial de estos recintos como lugares de referencia para la compra cotidiana de productos frescos. Mercados emblemáticos como el de Russafa, el de Benicalap o el de Castilla son los que concentran mayor número de paradas y, por tanto, los que más podrían notar el impacto de esta medida.
Horarios con margen de maniobra
La ordenanza también toca otro aspecto sensible: los horarios. Con carácter general, se establece una apertura entre las 7:30 y las 15:00 horas, con un mínimo de seis horas de actividad, aunque podrán adaptarse de acuerdo con las asociaciones de vendedores. Es decir, no se trata de una camisa de fuerza, sino de un marco de referencia que reconoce la diversidad de cada mercado.
Que los horarios puedan negociarse con las asociaciones de vendedores no es un detalle menor. Desde que el gobierno municipal llegó al poder, Confemercats pidió una revisión de la ordenanza para adaptarla a los nuevos tiempos y hábitos de consumo, siendo la conciliación familiar una de las principales demandas de los comerciantes. Ajustar los turnos a las necesidades reales de quienes trabajan detrás de un mostrador desde el amanecer es, en la práctica, una cuestión de sostenibilidad del modelo.
Un proceso aún en marcha
En el proyecto de ordenanza también se clarifica la apertura en festivos, que se permite cuando lo autorice la normativa comercial, excepto en fechas señaladas como el 1 y el 6 de enero, el 1 de mayo, el 9 d'Octubre y el 25 de diciembre. Son detalles que, sumados al resto de cambios, dibujan una regulación más completa y adaptada a la operativa diaria de estos mercados.
Pese al paso dado este martes, la modificación aún no es aplicable. El texto deberá superar la aprobación del Pleno municipal y publicarse oficialmente antes de que cualquiera de sus previsiones entre en vigor. Los vendedores y vendedoras que ejercen su actividad en los mercados de distrito deberán estar atentos a esa publicación oficial para conocer los plazos y obligaciones concretos que les afecten.
En el fondo, la unanimidad con la que la Comisión de Patrimonio ha respaldado esta reforma dice mucho sobre el consenso que existe alrededor de una idea tan sencilla como resistente al tiempo: un mercado de barrio es, ante todo, un lugar donde comprar lo que se come. Proteger esa identidad, en tiempos de grandes superficies y comercio online, no es nostalgia; es política comercial con perspectiva de futuro.

