Casi cuatro décadas después de que se aprobara el Plan General de Ordenación Urbana de 1988, València da un paso largamente esperado: poner orden en las normas que regulan su huerta. La Comisión Municipal de Urbanismo, Parques y Jardines, Espacios Naturales y Mejora Climática aprobó provisionalmente este miércoles la adaptación del PGOU al Plan de Acción Territorial de Ordenación y Dinamización de la Huerta de València (PATODHV). El expediente, que ahora viajará a la Generalitat para su aprobación definitiva, cierra una etapa en la que propietarios, vecinos y técnicos municipales han tenido que lidiar con dos marcos normativos que no siempre hablaban el mismo idioma.
El problema: dos mapas para un mismo territorio
Imagina intentar construir o rehabilitar una edificación en plena huerta y que nadie tenga claro qué norma prevalece: si la municipal de 1988 o la autonómica más reciente. Esa ha sido, durante años, la situación en buena parte de los suelos agrícolas que rodean la ciudad. El objetivo principal de esta adaptación es precisamente dar seguridad jurídica al régimen del suelo de la huerta: hasta ahora convivían las determinaciones del Plan General de 1988 y las del plan territorial autonómico, lo que obligaba a resolver las discrepancias entre ambos instrumentos. La adaptación unifica el marco aplicable y permite que propietarios, ciudadanía y servicios municipales conozcan con mayor claridad qué regulación corresponde a cada suelo.
La paradoja es que el propio PGOU de 1988 ya contemplaba una visión metropolitana de la huerta, pero las décadas transcurridas y la aprobación posterior del PATODHV generaron un solapamiento normativo que exigía, antes o después, una solución. La aprobación de este miércoles es esa solución.
Un espacio que va mucho más allá de València
La huerta no entiende de límites administrativos. Cerca de 10.000 hectáreas repartidas entre 40 municipios forman parte del ámbito estricto del Plan de Acción Territorial de l'Horta de València. Entre ellos se encuentran municipios como Alboraia, Burjassot, Paterna, Torrent, Catarroja, Mislata o Paiporta, entre otros. Con la adaptación aprobada este miércoles, València deja de funcionar como un ámbito aislado dentro de un espacio agrícola, paisajístico y ambiental que supera con creces sus propios límites municipales, y pasa a compartir una ordenación común con todos ellos.
En este ámbito se plantean áreas de protección de huerta y de espacios de valor natural, así como las conexiones ecológicas y funcionales necesarias para conformar la infraestructura verde del área metropolitana. No es, por tanto, un trámite burocrático menor: es la pieza que faltaba para que la capital encaje de manera coherente en una estrategia territorial más amplia.
Qué cambia y qué no cambia
Conviene aclarar lo que esta adaptación no hace, porque los malentendidos en materia urbanística suelen ser fértiles. El documento aprobado no urbaniza la huerta, no crea nuevos suelos urbanizables ni introduce una ordenación nueva. Lo que hace es incorporar al planeamiento municipal un marco más actual, propio del siglo XXI, que combina la protección del territorio y del paisaje con la dinamización de la actividad agraria y la recuperación compatible del patrimonio construido.
El espíritu del plan no es configurar una visión "museística" y petrificada de este espacio, sino articular un ámbito vivo, productivo, rentable y sostenible desde la triple dimensión económica, ambiental y social. Dicho de otra forma: proteger la huerta no significa congelarla, sino dotarla de las herramientas para que pueda seguir siendo un territorio útil y habitable.
El camino hasta la aprobación definitiva
El expediente llega a este punto tras superar el periodo de información pública y el análisis de las alegaciones e informes presentados por ciudadanos, entidades y organismos. No es el final del proceso. Tras la aprobación provisional en la Comisión Municipal de Urbanismo, el documento se remitirá a la Conselleria competente en territorio y paisaje, que será la administración encargada de resolver su aprobación definitiva.
La huerta valenciana, ese paisaje milenario que los árabes perfeccionaron y que hoy resiste entre autovías y polígonos industriales, lleva décadas reclamando una protección clara y coherente. Con este paso, la ciudad que lleva su nombre se compromete, sobre el papel y en términos jurídicos, a tratarla como lo que siempre ha sido: un patrimonio compartido que no pertenece solo a quien lo cultiva, sino a todos.


