Bajar del autobús debería ser el momento más seguro del trayecto. Pero en la parada 155 de la EMT, situada en la avenida de Blasco Ibáñez a la altura del número 33, ese instante cotidiano esconde un riesgo que hasta ahora pasaba desapercibido: nada más cruzar la puerta, el pasajero se encuentra de frente con el carril bici, que discurre por detrás de la marquesina. Un viandante despistado y un ciclista a velocidad de crucero tienen pocas décimas de segundo para reaccionar. El Ayuntamiento de València ha decidido que ya es suficiente.
Una señal que solo existe cuando es necesaria
La intervención del Servicio de Movilidad del consistorio valenciano no es una solución genérica de pintura y señales estáticas. El elemento más llamativo es un detector de presencia de autobús que activa la señalización únicamente cuando un vehículo de la EMT está ocupando la parada. En ese momento, un panel de 900 por 900 milímetros cobra vida y muestra tres mensajes a la vez: la señal de paso de peatones, una de STOP con el texto "Si bus en parada" y un aviso específico para quienes circulan en bici indicando que esa señalización les interpela directamente a ellos.
Cuando no hay autobús, la señal simplemente no existe. Es una lógica aparentemente sencilla que, sin embargo, no se veía antes en este punto de la ciudad. La tecnología no invade el espacio visual del carril bici con advertencias constantes que acaban ignorándose; solo interrumpe cuando hay un motivo real para hacerlo.
Un paso de peatones que se mueve de sitio
La actuación incluye también la reubicación y ampliación del paso de peatones sobre el carril bici. El paso existente, pegado a la parte trasera de la marquesina, se trasladará a un punto situado entre el alcorque y la farola. El objetivo es claro: separar el flujo peatonal de la estructura de la marquesina para que los ciclistas puedan ver a las personas con más antelación, en lugar de encontrárselas de golpe al doblar el ángulo muerto que crea la propia parada.
Además, se habilitará un nuevo paso de diez metros de longitud para cubrir la bajada por la puerta trasera de los autobuses articulados, esos vehículos de gran formato que, por su tamaño, generan una zona de desembarco más extensa. También se instalarán barandillas adosadas a la marquesina para evitar que los pasajeros crucen el carril bici por puntos no señalizados, uno de los comportamientos más habituales y más difíciles de corregir sin una barrera física.
Marcas en el suelo que el reglamento todavía no conoce
Quizá el detalle más revelador de toda la intervención sea la solución elegida para reducir la velocidad de bicicletas y patinetes eléctricos. A cincuenta centímetros de los pasos de peatones, se pintarán tres marcas transversales blancas de quince centímetros de ancho, separadas entre sí un metro y con una longitud decreciente: 75, 50 y 25 centímetros. El efecto visual imita la sensación de aceleración del suelo, invitando al ojo a interpretar que se acerca a algo.
El problema es que estas marcas no figuran en el catálogo oficial del Reglamento General de Circulación, pensado históricamente para vehículos motorizados. El Servicio de Movilidad descartó otras señales sí homologadas —líneas de borde quebradas, dientes de dragón, dameros de reducción de velocidad— porque sus dimensiones resultan desproporcionadas para la anchura de un carril bici. La solución adoptada obliga a señalizar el tramo, en ambos sentidos, como zona de ensayo. En cierta forma, València está escribiendo normativa con pintura en el asfalto.
Fondos europeos y un rol de liderazgo
Esta actuación concreta no surge de una partida municipal ordinaria, sino del proyecto europeo UPPER (Unleashing the Potential of Public Transport in Europe), una iniciativa financiada a través del programa Horizon Europe cuyo propósito es convertir el transporte público en el eje de la movilidad urbana sostenible. El proyecto, coordinado por la Unión Internacional de Transporte Público (UITP), se desarrolla entre 2023 y 2027 e implica la ejecución de más de 80 medidas prácticas en diez ciudades europeas: València, Roma, Île de France, Oslo, Mannheim, Lisboa, Leuven, Budapest, Tesalónica y la región de Hannover.
El proyecto implementa en esas diez ciudades más de 80 medidas orientadas a conseguir un sistema de transporte público atractivo, eficiente, fiable, seguro, inclusivo y asequible, con el objetivo de incrementar su uso en más de un 30% y la satisfacción de los usuarios en más de un 25%. UPPER cuenta con un presupuesto total de 23,5 millones de euros.
La Junta de Gobierno Local ha acordado aceptar la subvención de 218.343,75 euros concedida por la Comisión Europea, a través de la Agencia Ejecutiva para el Clima, las Infraestructuras y el Medio Ambiente (CINEA), para el desarrollo de las acciones que el Ayuntamiento de València tiene asignadas en el proyecto. El Consistorio se adhirió a UPPER en diciembre de 2022 con el rol de socio, y en el proyecto participa también la Empresa Municipal de Transportes (EMT).
En València, el proyecto prevé la remodelación de la avenida de Blasco Ibáñez para mejorar las conexiones en transporte público y otros modos sostenibles con los Poblats Marítims, con la vista puesta en impulsar el objetivo de ser una ciudad climáticamente neutra en 2030. La mejora de la parada 155 es, en ese sentido, una pieza pequeña pero concreta de un puzzle mucho más ambicioso: demostrar que las ciudades pueden rediseñar su espacio público para que el autobús, la bici y el peatón convivan sin que ninguno tenga que adivinar lo que va a hacer el otro.


