En un momento en el que la comunidad científica vuelve a poner el foco en los efectos de la cautividad sobre los animales —como recoge un reciente estudio publicado en Mètode (Universitat de València) sobre elefantes y cetáceos—, el modelo de los zoológicos regresa al centro del debate. En este contexto, hablamos con Rosa Más, bióloga, activista por los derechos animales y portavoz de la Plataforma de Defensa Animal, para analizar la realidad de Bioparc València. Su visión cuestiona tanto las condiciones en las que viven los animales como el relato que presenta estos espacios como proyectos educativos o de conservación.
Mucha gente sigue viendo Bioparc como un espacio diferente, incluso mejor que un zoo tradicional. ¿Cómo lo ves tú?
Es una percepción bastante extendida. De hecho, cuando abrió Bioparc, muchas personas pensamos que era una buena idea porque veníamos del zoo de Viveros, que tenía unas condiciones bastante malas. Entonces, claro, en comparación, parecía que cualquier cambio iba a ser positivo.
Pero con el tiempo lo que hemos visto es que en realidad no deja de ser lo mismo. Es un zoo más grande, más bonito, más cuidado estéticamente, pero sigue siendo un zoo. Se vendió como un proyecto de rescate o rehabilitación, pero eso no se ha materializado realmente. Al final se ha quedado en un espacio más atractivo de cara al público, pero con la misma base: animales en cautividad.
Cuando alguien visita el Bioparc, ¿es consciente de esa realidad?
Normalmente no. La gente entra con la idea de que va a ver animales y poco más, incluso con la sensación de que están en algo parecido a la libertad.
Pero luego pasa algo interesante: hay personas que, cuando salen, te dicen que no lo habían pensado antes, que han cambiado un poco la forma de verlo.
Evidentemente hay gente a la que le da igual, pero también hay muchas personas que simplemente no se lo habían planteado. Y cuando lo hacen, empiezan a cuestionarlo.
Muchas veces el atractivo es precisamente ver animales “de cerca”, porque son bonitos o impresionantes. ¿Qué hay detrás de eso?
Claro, es que eso es totalmente normal. A todo el mundo le gusta ver animales, ver elefantes, cebras… son animales que nos llaman la atención, que nos parecen bonitos.
Pero ahí está el problema: nos quedamos en eso, en que son bonitos o interesantes para nosotros, y no pensamos en lo que supone para ellos estar ahí.
Esos animales no tienen ningún interés en formar parte de un espacio de exhibición. No tiene nada que ver con su bienestar el hecho de estar expuestos para que nosotros los veamos.
Entonces, aunque la experiencia para el visitante pueda parecer positiva, hay que cambiar el foco y pensar en el animal, no en lo que a nosotros nos gusta ver.

Desde fuera puede parecer que están bien cuidados. ¿Qué es lo que no vemos?
Vemos solo una parte muy pequeña de la realidad. Vemos animales en espacios que parecen naturales, pero no vemos todo lo que falta.
No vemos la falta de libertad, la imposibilidad de moverse como lo harían en la naturaleza, de elegir, de relacionarse como corresponde a su especie. Tampoco vemos lo que ocurre fuera de las zonas visibles.
Al final es una visión muy controlada. Y eso hace que sea fácil pensar que están bien, cuando en realidad hay muchas limitaciones que no son evidentes a simple vista.
¿Existe transparencia sobre lo que ocurre dentro del Bioparc?
No, y ese es un problema importante. Esto no pasa solo en Bioparc, sino en general en los zoológicos.
Son espacios bastante opacos. Cuando tú entras, solo ves lo que te enseñan. No sabes qué ocurre con los animales más allá de eso.
Hay movimientos de animales entre centros —ellos lo llaman intercambio—, pero es muy difícil seguir la pista de cada individuo. Si un animal deja de estar, no sabes qué ha pasado con él.
Y claro, los animales no pueden contar lo que ocurre. Entonces dependemos totalmente de la información que el propio centro decide dar, que es muy limitada.
¿Hasta qué punto influye el dinero en este modelo?
Es clave. Si no fuera rentable, no existiría. Bioparc es un negocio con ánimo de lucro.
Cobra entradas y, además, hay un sistema por el cual, si no se alcanza un número de visitantes, hay compensaciones públicas.
Eso significa que el modelo está diseñado para no perder dinero. Y eso ya marca una diferencia muy clara con lo que sería un centro de recuperación animal, que no funciona bajo esa lógica.
¿Se puede comparar con un centro de recuperación?
No, porque la finalidad es completamente distinta. Un centro de recuperación no está pensado para atraer visitantes ni para generar ingresos.
Su objetivo es recuperar animales y, si se puede, devolverlos a su entorno natural. Aquí estamos hablando de otra cosa: de mantener animales en cautividad para que la gente los vea.
También hablasteis de cómo afectan las condiciones externas, como el clima. ¿Qué ocurre en ese sentido?
Claro, ese es otro factor importante. Los animales en cautividad no pueden adaptarse como lo harían en libertad.
En la naturaleza, si hay condiciones climáticas adversas, pueden desplazarse, buscar refugio, cambiar sus hábitos… En un espacio cerrado eso no es posible.
Entonces, situaciones como las altas temperaturas afectan más, porque están completamente condicionados por el entorno en el que se encuentran y no pueden escapar de él.

Desde el punto de vista científico, ¿qué sabemos sobre la cautividad?
Cada vez hay más estudios que hablan de problemas asociados a la cautividad: enfermedades, estrés, dificultades para desarrollar comportamientos naturales…
El problema es que muchas veces esos estudios se quedan en señalar que hay que mejorar condiciones, pero no llegan a cuestionar el modelo en sí.
Y la realidad es que hay límites que no se pueden superar mientras los animales estén en cautividad.
¿Qué supone para estos animales vivir en este tipo de espacios?
Supone una vulneración constante de sus intereses. El simple hecho de que no puedan vivir como necesitan, de que estén ahí para cumplir una función que no tiene nada que ver con su bienestar, ya es algo que deberíamos cuestionar seriamente.
Para alguien que esté pensando en ir al Bioparc, ¿qué le dirías?
Que lo entienda desde esa perspectiva: los animales están ahí porque nosotros queremos verlos, no porque eso sea bueno para ellos. Si realmente queremos a los animales, deberíamos querer lo mejor para ellos. Y lo mejor no es verlos en un recinto, sino que estén en su entorno, en libertad.
Si queremos seguir viendo elefantes o cualquier otra especie, la forma es que sigan existiendo en sus hábitats, no traerlos aquí para nuestro entretenimiento.

Bioparc defiende su modelo de bienestar, conservación y educación ambiental
Desde Bioparc València, en cambio, sostienen que el bienestar animal es el eje vertebrador de su modelo. Según recogen en su propia web, el parque aplica estándares internacionales de organizaciones como WAZA y EAZA y evalúa la calidad de vida de los animales a partir del modelo de los Cinco Dominios, que tiene en cuenta aspectos como la salud, el comportamiento o el estado mental. Asimismo, señalan que los ejemplares forman parte de programas europeos de conservación y reproducción coordinada, enmarcados en estrategias globales para la protección de la biodiversidad, y defienden su papel en la educación ambiental y la sensibilización del público.


