La Comunitat Valenciana produce cerca del 60% de los cítricos de toda España y es la primera región citrícola del país, pero ese liderazgo histórico se está resquebrajando ante una realidad cada vez más difícil de ignorar: las cosechas llevan años encadenando caídas, los árboles envejecen y la mano de obra escasea. Ante este panorama, la Generalitat ha decidido poner la innovación tecnológica en el centro del debate.
Un congreso para hablar de lo que nadie quiere aplazar
El XV Congreso Citrícola de l'Horta Sud, celebrado en Picassent, reunió a profesionales del sector para abordar un asunto que ya no admite demoras: cómo hacer que las explotaciones citrícolas valencianas sean más rentables, competitivas y sostenibles. La directora general de Producción Agrícola y Ganadera, Maria Àngels Ramón-Llin, inauguró la jornada con un diagnóstico claro y sin eufemismos.
"El gran reto de nuestra citricultura es conseguir que nuestras explotaciones sean cada vez más rentables, competitivas y capaces de adaptarse a un entorno cambiante, sin perder la calidad que caracteriza a nuestros cítricos." - Maria Àngels Ramón-Llin, directora general de Producción Agrícola y Ganadera de la Conselleria de Agricultura, Agua, Ganadería y Pesca
Las palabras de Ramón-Llin llegan en un momento especialmente delicado. Más allá de la evolución de una campaña concreta, los datos reflejan un problema estructural que afecta a la citricultura valenciana, con previsiones que sitúan la producción entre las más bajas de los últimos veinte años. No es una mala racha puntual: es una tendencia.
El peso de un sector que no puede permitirse quedarse atrás
Para entender la magnitud del desafío, conviene poner las cifras en perspectiva. La Comunitat Valenciana es la principal región citrícola a nivel nacional, tanto por la superficie dedicada a este cultivo —aproximadamente 182.000 hectáreas, cerca del 60% del total nacional— como por producción, con más de 3 millones de toneladas anuales. España, además, es el mayor productor de cítricos de la Unión Europea y quinto en el mundo. Mucho está en juego.
Pero ese músculo productivo no es garantía de futuro si las explotaciones no evolucionan. Las últimas cosechas consolidan un bajo nivel productivo del sector, situándose entre las más escasas de las últimas dos décadas. Y los retos que acechan al campo valenciano son múltiples y simultáneos: la disponibilidad de mano de obra, la presión de los mercados internacionales, las exigencias sanitarias y medioambientales, y la necesidad urgente de mejorar la eficiencia en el uso de los recursos.
Tecnología para todos, no solo para los grandes
Uno de los mensajes más llamativos del congreso fue precisamente ese: la mecanización, la automatización y la robótica ya no pueden ser un privilegio de las grandes explotaciones. Ramón-Llin fue contundente al respecto: si la tecnología no llega a todas las fincas, el problema de competitividad no se resolverá. Y para que eso ocurra, es imprescindible la colaboración entre agricultores, empresas tecnológicas, cooperativas, centros de investigación y administraciones públicas. Una cadena en la que, si falla un eslabón, el conjunto se resiente.
En esa dirección apuntan las líneas de investigación abiertas desde el Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias (IVIA), organismo que trabaja en soluciones adaptadas a la realidad del campo valenciano. Paralelamente, la Conselleria de Agricultura mantiene abierta, hasta el próximo 19 de octubre, una convocatoria de ayudas destinadas a la modernización de las explotaciones agrarias, que contempla inversiones en innovación y tecnología para mejorar su eficiencia, competitividad y sostenibilidad.
Anticiparse o quedarse atrás
El tono del congreso no fue alarmista, pero sí urgente. Ramón-Llin cerró su intervención con una reflexión que resume bien el momento que atraviesa el sector: "El futuro de la citricultura dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad para anticiparnos a los cambios, incorporar soluciones útiles y adaptar nuestras explotaciones a nuevas formas de producir."
La naranja y la mandarina valencianas llevan siglos siendo sinónimo de calidad en los mercados europeos. Mantener esa reputación en un entorno de cosechas menguantes, competencia global y cambio climático exige algo más que tradición: exige decisión. El congreso de Picassent fue, en ese sentido, una señal de que el sector sabe dónde está el problema. El siguiente paso es demostrar que también sabe cómo resolverlo.


