Fue la única mujer en un grupo de hombres que reescribió el arte español de posguerra. Juana Francés (Alicante, 1924 – Madrid, 1990) cofundó el grupo El Paso en 1957 junto a Antonio Saura, Antoni Tàpies y Manolo Millares, entre otros, y llegó a exponer en el Guggenheim de Nueva York y en la Tate de Londres, siendo en muchos casos la única artista española presente. Sin embargo, durante décadas su nombre quedó eclipsado por el de sus compañeros. Ahora, el Centre del Carme Cultura Contemporània (CCCC) de Valencia propone un ejercicio de reparación y actualidad: la exposición colectiva Memorias del suelo, que puede visitarse hasta el 4 de octubre, coloca la obra de Francés como espejo en el que se reflejan siete creadores y creadoras del presente.
Un hilo conductor hecho de tierra y materia
La muestra no es una retrospectiva al uso. No pretende archivar a Juana Francés, sino demostrar que su pensamiento sigue vivo y que, de hecho, anticipa algunas de las conversaciones más urgentes del arte actual: el extractivismo, la crisis ecológica, la obsolescencia tecnológica. Cuatro piezas de la artista alicantina articulan el recorrido, desde sus composiciones de los años sesenta —cuando introdujo arena real en el lienzo— hasta Ser y ecología (1971), una obra que ya entonces interpelaba sobre la incomunicación humana provocada por la tecnología moderna.
La comisaria de la exposición, Núria Montclús, sitúa la propuesta en un contexto más amplio: el resurgimiento contemporáneo de la materia como lenguaje artístico.
"Nos encontramos ante un nuevo resurgir de la materia que podríamos comparar con un informalismo revisitado, expandido. Pero, a diferencia de Manolo Millares, Antonio Saura, Antoni Tàpies y otros grandes artistas del informal, las prácticas actuales no se centran tanto en la expresión de un yo existencial, sino en tanto que agente ecológico, geológico y político." - Núria Montclús, comisaria de la exposición
En esa distinción reside uno de los argumentos más sugerentes de la muestra. El informalismo de El Paso era, en gran medida, un grito interior: la angustia existencial del individuo en la España de la dictadura. El arte de aquella generación estaba impregnado de una crítica a la cosificación del individuo y a la paulatina pérdida de identidad. Lo que proponen los artistas reunidos en el CCCC es otra cosa: la tierra ya no es solo metáfora del alma, sino superficie política, registro geológico y depósito de residuos humanos.
Juana Francés, más allá de la anécdota
La secretaria autonómica de Cultura de la Comunitat Valenciana, Marta Alonso, que presentó la muestra junto al director gerente del Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana (CMCV), Nicolás Bugeda, subrayó que el legado de Francés no puede reducirse a una nota a pie de página sobre el género en el arte español.
"Juana Francés no fue solo la única mujer integrante del grupo El Paso, como se la conoce habitualmente, sino una de las artistas españolas más importantes del siglo XX, quien participó de las citas artísticas internacionales más relevantes del momento." - Marta Alonso, secretaria autonómica de Cultura de la Comunitat Valenciana
No es una afirmación menor. En 1960, sus obras fueron exhibidas en el Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York como parte de la exposición Before Picasso, after Miró, siendo la única mujer entre los 18 artistas seleccionados. Al año siguiente, en 1961, sus obras llegaron al Palais des Beaux-Arts de Bruselas, y en 1962 la National Gallery de Londres acogió su trabajo en la exposición Modern Spanish Painting. Una trayectoria internacional que, sin embargo, quedó durante mucho tiempo a la sombra de su pareja, el escultor Pablo Serrano. La carrera de la artista cayó a la sombra de la de su compañero, algo habitual en la historia de muchas mujeres artistas.
Montclús va más allá en la reivindicación y señala que lo que Francés intuyó sobre la materia —que esta "se expresa por sí misma"— es exactamente lo que trasciende en las prácticas artísticas contemporáneas. En su etapa con reminiscencias al dadaísmo, la artista incluyó elementos terrosos y adosados sobre lienzo , un gesto que hoy resulta enormemente familiar en el lenguaje de muchos creadores que trabajan con materiales orgánicos, residuales o extraídos del suelo.
Siete artistas, siete maneras de escuchar al suelo
La exposición articula sus dos salas como un diálogo entre el pasado y el presente. En la primera, las piezas Composición nº2 (1960) y Sin título (c.1960) de Francés establecen el punto de partida: la arena que entra en el cuadro como material, no como representación. Dialogando con ese gesto fundacional, Laia Ventayol reflexiona sobre el valor simbólico de las piedras manufacturadas en la construcción, mientras Elena Lavellés profundiza en las actividades humanas ocultas en las principales zonas extractivas de petróleo, oro y carbón. El colectivo Menhir, por su parte, aborda la cosecha de la sal como práctica meditativa, explorando las múltiples capas simbólicas acumuladas por ese mineral a lo largo de los siglos.
La segunda sala se abre con Tierra de Campos, la obra en que Francés incorporó fragmentos de materiales de construcción en su pintura. En ese espacio, Miguel Sbastida lleva la mirada hacia la geología mutante del estuario de Bilbao, marcada por el pasado industrial de la ciudad, y Esther Gatón traslada la atención a los residuos plásticos que transforman el paisaje. La pieza que cierra el recorrido, Ser y ecología (1971), anticipa preguntas que hoy resultan cotidianas: ¿qué dejamos atrás cuando cambiamos de móvil? ¿Qué rastro geológico tendrá la era de las pantallas de plasma? Daniel Ortega y Julia Varela responden a esas preguntas desde el arte, partiendo precisamente de los residuos electrónicos que generan los dispositivos del día a día.
Un homenaje que mira hacia adelante
Alonso resumió con precisión el espíritu de la muestra: "Una de las mejores formas de rendir homenaje a nuestros artistas es observar la influencia que su obra ha tenido en las generaciones de creadores y creadoras actuales." Es una lógica que Memorias del suelo convierte en método expositivo: no hay vitrina ni archivo, sino conversación entre tiempos. Francés pintó la tierra cuando nadie la tomaba en serio como materia artística. Cambió el óleo por los empastes plásticos e incluyó arenas, lo que otorgó a sus obras un carácter muy inquietante. Siete décadas después, una generación de artistas encuentra en ese gesto no una reliquia, sino un programa. La exposición puede visitarse en el Centre del Carme Cultura Contemporània hasta el 4 de octubre, tiempo suficiente para comprobar que ciertas intuiciones, como el barro que las contiene, no se disuelven con el paso del tiempo.


