Cerca de un centenar de gallipatos han regresado a su hábitat natural gracias a un proyecto que une conservación, educación y compromiso institucional. Los ejemplares, nacidos en Bioparc Valencia y criados durante meses por escolares de tres centros educativos de la Comunitat Valenciana, fueron reintroducidos en la Balsa Blanca de Enguera en las dos jornadas que pusieron el broche final a la tercera edición del programa 'Naturalización de las Aulas'. La Conselleria de Medio Ambiente, Infraestructuras, Territorio y de la Recuperación colaboró en la iniciativa a través de un convenio con la Fundación Bioparc, impulsora del proyecto junto a Caixa Popular.
Un anfibio con nombre de leyenda
El gallipato —conocido popularmente en valenciano como ofegabous, literalmente "ahogabueyes"— carga con una fama injusta que lo persigue desde hace siglos. El nombre proviene de la creencia mitológica de que vacas y toros podían morirse si se tragaban uno de estos animales al beber en las charcas. Nada más lejos de la realidad: se trata de una especie fundamental para el equilibrio de los ecosistemas acuáticos mediterráneos. El gallipato tiene un aspecto como el de un animal prehistórico y puede alcanzar hasta 300 milímetros de longitud, siendo voraz y alimentándose de invertebrados acuáticos, moluscos, carroña, gusanos o larvas de insectos.
Su relevancia ecológica es innegable. Es el único urodelo —anfibio con cola— presente en la Comunitat Valenciana y el mayor anfibio de este grupo en toda la península ibérica. Está incluido en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y en el Catálogo Valenciano de Especies de Fauna Amenazada. Su supervivencia también hubo de enfrentarse a la captura y comercialización ilegal, hasta el punto de que las autoridades tuvieron que desmantelar una red de venta. Hoy, sus principales amenazas son otras: la pérdida de hábitats, la contaminación de las masas de agua y la expansión de especies invasoras, una combinación especialmente devastadora a lo largo de la costa mediterránea.
Del acuaterrario del aula a la balsa natural
El recorrido de estos casi cien ejemplares comenzó mucho antes de su liberación. Durante el curso escolar, los estudiantes del CEIP Manuel Serrano-María Moliner de Mislata, el CEIP Joan XXIII de Catarroja y el Colegio Nuestra Señora del Carmen y San Vicente de Paúl de València participaron en el programa 'Naturalización de las Aulas', que instala acuaterrarios en los centros educativos para que el alumnado pueda observar de primera mano el desarrollo de los animales: su ciclo vital, su comportamiento biológico y la importancia de los humedales mediterráneos. No es un vídeo en clase ni una excursión puntual. Es convivir semanas con un ser vivo amenazado y asumir, de algún modo, la responsabilidad de su supervivencia.
El proyecto culminó con dos jornadas presenciales en la Balsa Blanca de Enguera, un enclave de extraordinario valor ecológico. Los gallipatos poseen una marca individual —un microchip— que permite identificarlos y estudiar sus movimientos si son recapturados. Este espacio alberga siete de las ocho especies de anfibios presentes en la Comunitat Valenciana, lo que lo convierte en uno de los puntos más relevantes para la reproducción y supervivencia de estos animales en el territorio.
Talleres, trivial y análisis del agua: aprender conservando
Las jornadas en la Balsa Blanca no se limitaron a soltar animales y volver a casa. Los escolares participaron en talleres de identificación de especies presentes en el humedal, realizaron análisis de la calidad del agua y debatieron sobre las amenazas que acechan a los anfibios. También hubo espacio para el juego: el llamado 'Trivial del gallipato' convirtió el aprendizaje en competición. Rara vez una especie amenazada consigue que niños de primaria compitan por saber más sobre ella.
Este tipo de iniciativas no son nuevas en la Comunitat Valenciana, aunque siguen siendo escasas. Un total de 374 ejemplares de gallipato, más 40 sapos de espuelas, se han liberado durante los últimos tres años en la Sierra Calderona en el marco de planes de conservación paralelos. Ambas especies amenazadas se han reproducido ya en al menos seis puntos dentro del parque natural , lo que demuestra que los esfuerzos de reintroducción pueden dar sus frutos cuando se escogen bien los enclaves y se cuidan las condiciones del hábitat.
Una apuesta que va más allá del aula
Lo que hace singular a este proyecto es su capacidad de tejer alianzas entre mundos que raramente se cruzan: la administración pública, el ámbito educativo, el zoológico y la empresa privada. La Generalitat Valenciana aporta el marco legal y el respaldo institucional; Bioparc Valencia, la cría de los animales; Caixa Popular, la financiación; y los colegios, algo que ninguna institución puede sustituir: el vínculo emocional de los niños con los animales que han cuidado.
El gallipato lleva décadas perdiendo terreno frente a la presión humana. Tiene y ha tenido su mayor amenaza en la acción del hombre y en el abandono de las prácticas agrícolas y ganaderas, y sufre además la presión por la introducción de especies alóctonas y los productos químicos empleados para potenciar la producción agrícola. Que sean los propios niños quienes devuelvan estos animales a la naturaleza no es solo un gesto simbólico: es una forma de sembrar en las generaciones futuras la conciencia de que la biodiversidad no es un concepto abstracto, sino algo que se puede perder, y también recuperar.


