Catorce ediciones después, Deleste sigue consiguiendo algo que parece cada vez más complicado dentro del circuito festivalero: tener personalidad propia. El festival más veterano de València celebró este fin de semana una nueva edición en los Jardines de Viveros confirmando que su fórmula continúa funcionando precisamente porque nunca ha intentado parecerse al resto.
Mientras muchos eventos viven obsesionados con acumular nombres gigantes, escenarios imposibles o experiencias diseñadas para Instagram, Deleste sigue apostando por algo mucho más sencillo y muchísimo más difícil: el criterio musical. Y eso se nota desde el momento en el que uno cruza la entrada.
Aquí no hay carreras entre escenarios ni conciertos solapados. Se viene a disfrutar de la música con calma, a descubrir grupos nuevos, a reencontrarse con bandas míticas y a compartir una experiencia mucho más humana que la de los grandes macrofestivales. Por eso el ambiente volvió a ser uno de los grandes protagonistas del fin de semana. La gente estaba feliz. Y se notaba.
Primal Scream convierten Viveros en una celebración colectiva
El gran momento del sábado llegó con Primal Scream, que transformaron la tarde valenciana en una auténtica liturgia rock. Bobby Gillespie apareció sobre el escenario con ese carisma de líder histórico que todavía conserva intacto y la banda tardó muy poco en poner Viveros patas arriba.
Sonaron himnos como Swastika Eyes, Jailbird, Rocks, Country Girl o Loaded y el público respondió entregándose por completo a un concierto que mezcló actitud, nostalgia y muchísima energía. Da igual cuántos años pasen: Primal Scream siguen entendiendo perfectamente cómo se domina un festival.

Anna Calvi firma uno de los conciertos del año
Después de semejante descarga apareció Anna Calvi para cambiar totalmente la temperatura emocional del festival. La británica ofreció una actuación magnética, elegante y absolutamente hipnótica que terminó convirtiéndose para muchos en el gran concierto del fin de semana.
Sin necesidad de artificios, Calvi atrapó a Viveros con su voz, su presencia escénica y una guitarra capaz de pasar de la delicadeza al rugido en cuestión de segundos. Todo mientras el cielo empezaba a oscurecerse sobre los jardines y el festival entraba en uno de esos momentos que justifican por sí solos una edición entera.
Un cartel pensado para disfrutarlo entero
Ahí está precisamente una de las grandes virtudes de Deleste: la sensación de que cada nombre del cartel tiene sentido. Desde la electrónica sofisticada de Apparat o Röyksopp hasta la intensidad de Holy Fuck, el descaro juvenil de The Molotovs, el magnetismo de Billy Nomates, la explosión de Los Invaders o el cierre elegante y nocturno de Kerala Dust.
El festival volvió a encontrar ese equilibrio tan difícil entre bandas internacionales de primer nivel, propuestas nacionales cuidadas y artistas locales que no desentonan en absoluto dentro del cartel. Todo encajaba con naturalidad y permitía disfrutar de cada concierto sin estrés ni sensación de estar perdiéndose algo constantemente.
En una ciudad donde muchas veces se echan de menos festivales con una identidad tan marcada, Deleste sigue funcionando como una pequeña anomalía cultural. Una de las buenas.
Y después de ver el nivel de esta edición, la sensación es inevitable: ya hay muchísimas ganas de descubrir qué nombres formarán parte del cartel de 2027.

