El futuro les sigue perteneciendo: Pet Shop Boys deslumbran en el Roig Arena

El dúo británico demuestra ante más de 10.000 personas que cuatro décadas después sus canciones siguen sonando más vivas que nunca

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Pet Shop Boys, de concert al Roig Arena
Pet Shop Boys, de concert al Roig Arena
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Bastaron los primeros compases de Suburbia para entender que aquello no iba de nostalgia. Iba de comprobar cómo un repertorio construido hace cuarenta años sigue sonando con una modernidad insultante.

Lo demostraron este jueves en el Roig Arena, donde más de 10.000 personas asistieron a un concierto que fue mucho más que una sucesión de grandes éxitos. Fue una celebración de cuarenta años de música electrónica, pop inteligente y melodías capaces de seguir emocionando igual que el primer día.

Mientras muchos espectáculos actuales necesitan fuegos artificiales para mantener la atención del público, Neil Tennant y Chris Lowe siguen confiando en algo bastante más difícil de conseguir: un repertorio prácticamente imbatible. Porque cuando un concierto puede enlazar Suburbia, Opportunities, Rent, Domino Dancing, Always on My Mind, Go West, It's a Sin o West End Girls, todo lo demás pasa a un segundo plano.

Un viaje por cuatro décadas sin mirar atrás

La gira Dreamworld funciona como una especie de autobiografía musical. Cada canción abre una puerta distinta: los sintetizadores elegantes de los ochenta, la explosión de las pistas de baile de los noventa, los sonidos más contemporáneos e incluso composiciones recientes que encajan con absoluta naturalidad entre clásicos que forman parte de la historia del pop.

Porque si algo quedó claro durante las cerca de dos horas de concierto es que Pet Shop Boys nunca fueron un grupo anclado en una época. Han sabido evolucionar sin perder identidad. Sus canciones siguen respirando actualidad precisamente porque siempre estuvieron varios pasos por delante.

La puesta en escena, fiel al universo visual del dúo, volvió a jugar con la estética futurista, las proyecciones, los cambios de vestuario y una iluminación perfectamente sincronizada con cada tema. Todo elegante, medido y sin excesos. Nunca da la sensación de querer eclipsar la música; al contrario, parece diseñada para acompañarla.

Y mientras Chris Lowe continúa ejerciendo ese papel casi enigmático, inmóvil tras sus teclados como si el tiempo tampoco pasara por él, Neil Tennant mantiene una presencia escénica sorprendente. A sus 72 años conserva una voz reconocible al instante y una naturalidad que convierte cada intervención en una conversación con el público.

Cuando el sonido también forma parte del espectáculo
 

Hubo momentos para la emoción, como la inmensa Always on My Mind; para la reivindicación, con una emocionante Go West acompañada por imágenes que recordaban décadas de lucha por los derechos del colectivo LGTBIQ+; y para la explosión definitiva con It's a Sin, probablemente el instante en el que el Roig Arena dejó de ser un pabellón para convertirse en una enorme pista de baile.

Después llegaron West End Girls y Being Boring, dos despedidas perfectas para cerrar una noche construida sobre canciones que forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones.

Pero si hubo un protagonista silencioso fue el propio Roig Arena. Tras un verano marcado por las críticas al sonido en muchos conciertos y festivales celebrados en València, el nuevo recinto volvió a demostrar por qué está llamado a convertirse en una referencia nacional e internaciional. La nitidez fue impecable de principio a fin. Cada sintetizador, cada percusión y cada detalle de las voces encontraron su sitio sin necesidad de luchar contra ecos imposibles ni mezclas confusas.

Durante dos horas nadie habló de modas, de edades ni de tendencias. Solo hubo canciones que llevan cuatro décadas sonando y que, vistas sobre un escenario, siguen transmitiendo exactamente la misma sensación que cuando aparecieron por primera vez: la de pertenecer al futuro.