Santero y Los Muchachos regresan con fuerza con 'Todas las luces', un disco que marca un punto de inflexión en su trayectoria sin renunciar a su identidad. La banda valenciana ha decidido dar un paso adelante en su sonido tras un exigente proceso creativo en el que desecharon más de la mitad del material inicial para buscar nuevas texturas, atmósferas y formas de emocionar. El resultado es un trabajo más nocturno, introspectivo y abierto, que amplía su universo sin perder el pulso de su característico “rock reposado”.
Este nuevo capítulo llega en un momento especial: su participación en el Tierra Bobal Fest, que celebra su cuarta edición del 26 al 28 de junio en la comarca Utiel-Requena. Un festival que va mucho más allá de la música, combinando conciertos en entornos naturales, vino, gastronomía y patrimonio, y que apuesta por una experiencia cultural única lejos de los grandes recintos masificados.
Santero y Los Muchachos serán los encargados de abrir el festival en Sinarcas, en un enclave natural que encaja perfectamente con su filosofía: cercanía, emoción y conexión real con el público. En esta entrevista, Miguel Ángel Escrivá nos habla del proceso creativo del disco, de la evolución del grupo y de lo que podemos esperar de su directo en un entorno tan especial. Una conversación sincera sobre música, incertidumbre y canciones que buscan quedarse.

Venís de un proceso creativo en el que habéis descartado más de la mitad del material inicial de ‘Todas las luces’. ¿Qué tuvo que pasar para que dijerais: “este es el camino”?
Después de tres discos teníamos una sensación de giro, de búsqueda de sonido, de tener claro hacia dónde ir, pero nos quedamos en una especie de rotonda. Necesitábamos estimularnos con algo nuevo. Pensábamos en la figura de un productor, en otra visión, pero no apareció de manera orgánica y tampoco queríamos forzarlo.
Cuando surgió el título Todas las luces y empezamos a esbozar la portada, nos dimos cuenta de que muchas de las canciones que teníamos no encajaban con ese destello. Eso fue clave: vimos que había una señal y que había que hacer un viraje, empezar a componer de otra manera, incomodarnos, dejar de usar los recursos de siempre, introducir silencios, otros ambientes sonoros…
Ahí empezamos a hacer cosas diferentes. La música es eso: experimentar, entretenerte con ella. El disco no se va demasiado de lo anterior, pero sí tiene un punto más, que era la intención.
Dentro de esos silencios y ese concepto de “rock reposado”, ¿habéis encontrado respuestas o más preguntas?
Un disco puede lanzar muchas preguntas sin respuesta, pero creo que el propio disco es la respuesta para quien lo escuche. Cada uno encuentra la suya. La música es vaciarte de sensaciones y frases, y luego la gente las interpreta como quiere.
En nuestro caso, resume bastante bien lo que han sido estos dos últimos años a nivel musical y personal. Nadie quiere dar lecciones con una canción. Simplemente te vacías y ya está.
Y en esa búsqueda, canciones como “Llamaré a tu puerta” abren un terreno más cercano al baile. ¿Os interesa ese contraste entre lo melancólico y lo festivo?
Eso ha estado siempre en nuestros discos. Siempre ha habido una de cal y otra de arena, ese equilibrio entre lo melancólico y lo festivo. Lo que sí es nuevo aquí es que esa canción viene de otro sitio.
José Man y Soni tenían un grupo a principios de los 2000 y rescatamos una canción de aquella época. Fue como cambiar un mueble de casa por uno que nunca habrías comprado, pero que de repente lo transforma todo. En lugar de componer algo así desde cero, tiramos de ese “fondo de armario” y lo reinterpretamos.
Siempre habéis defendido una carrera muy orgánica, sin obsesión por grandes metas. En un contexto de festivales cada vez más masivos, ¿cómo encajáis ahí?
No es algo que hayamos buscado. De hecho, yo venía de una banda mucho más festivalera y huía un poco de eso. Santero nace de la necesidad de tocar en sitios pequeños.
Pero al final, cuando hay público, creces. Los discos te dan canciones que te permiten abordar festivales. Ahora tenemos un repertorio con el que podemos hacer de todo: acústicos más íntimos o conciertos con más empuje.
La gente quiere canciones y dinámicas. Y aunque no seamos una banda típicamente festivalera, conectamos.
En vuestro caso, tocáis en Sinarcas, en un entorno natural y lejos de grandes recintos. ¿Os inspira más este tipo de escenario?
Donde mejor muestras un disco es en un concierto propio, en sala, con tu guion y tu tiempo. Los festivales te limitan un poco eso.
Pero también tienen algo muy bonito: la incertidumbre. No sabemos qué nos vamos a encontrar en Sinarcas y eso nos encanta. Sabemos que hay ganas, que la gente nos escribe, pero no podemos dar nada por hecho.
Siempre vamos pensando que habrá menos gente y al final nos llevamos sorpresas. Esa incertidumbre forma parte de la banda.
Hay una idea muy presente en vuestra trayectoria: hacer canciones sin artificios, que se sostengan solas. ¿Sigue siendo vuestro reto?
Totalmente. Puedes apostar por un estilo o por una producción, pero nosotros somos muy de la canción en sí. Que funcione sin disfraz.
Luego puedes añadir teclados, atmósferas o lo que quieras, pero la base tiene que ser sólida. Lo que nos une como banda es esa búsqueda de canciones atemporales.
Decimos “rock reposado” porque es algo meditado, vivido, madurado. Pero al final lo importante es la canción.
Y ya por último, si alguien llega al Tierra Bobal Fest sin haberos escuchado antes, ¿qué versión de Santero y Los Muchachos se va a encontrar?
Se va a encontrar una banda que celebra su conexión con el público después de cuatro discos. En una hora intentamos pasar por diferentes estados de ánimo.
Antes sentíamos que los festivales nos quedaban grandes, pero ahora sabemos jugar con esas dinámicas: momentos más abajo, otros más arriba… y eso hace el concierto interesante. Creo que ganamos más público del que perdemos. Hay buena onda en la banda. Es algo más orgánico, más crudo, más real. Canciones de ahora con elementos de siempre. El que llega, puede que se quede.


