Las esculturas de San Isidro del Consell Agrari de València vuelven a brillar tras décadas de deterioro

El Consell Agrari de València ha restaurado dos imágenes de San Isidro Labrador, una de ellas obra del imaginero José Díez López (1905-1969).

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Esculturas recuperadas
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Devolver la vida a una imagen religiosa de madera que los insectos xilófagos han convertido en su hogar no es una tarea menor. Requiere tiempo, criterio y mucho respeto por lo que esa pieza representa más allá de sus materiales. El Consell Agrari de València (CAV) acaba de culminar la restauración de dos esculturas de San Isidro Labrador que forman parte de su patrimonio histórico, en una intervención que, lejos de ser una simple operación de mantenimiento, pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cuántas piezas vinculadas a la identidad agrícola valenciana aguardan en la sombra un rescate que nunca llega?

Una talla del siglo XX con firma conocida

La pieza más singular de las dos es una talla policromada en madera atribuida al escultor José Díez López (1905-1969), uno de los autores más representativos de la imaginería religiosa española del siglo XX. La figura no está sola: la acompaña un conjunto escultórico formado por dos bueyes y una figura angelical, elementos que remiten directamente al universo iconográfico del santo patrón de los agricultores. La segunda escultura, de menor formato, está realizada en escayola policromada y completa el patrimonio devocional de la entidad.

San Isidro Labrador lleva siglos siendo el referente espiritual del mundo rural hispano. Madrileño del siglo XI, su imagen como labrador humilde que encontraba en la fe el sustento de su trabajo cotidiano ha cruzado fronteras y generaciones, y hoy preside fiestas, procesiones y sedes agrarias en toda la geografía española. Que el Consell Agrari de València custodie esculturas suyas no es ninguna casualidad: es parte de una tradición que ha modelado la identidad de la huerta valenciana durante siglos.

Los trabajos: de abril a mayo de 2026

La intervención se desarrolló entre los meses de abril y mayo de 2026 y fue llevada a cabo por la especialista en conservación y restauración de bienes culturales Carolina Mai Cerovaz. El trabajo siguió criterios de mínima intervención y respeto por los materiales originales, una filosofía que en el ámbito del patrimonio cultural supone, en la práctica, operar más como médico que como cirujano: actuar solo donde es estrictamente necesario y garantizar que lo recuperado dure.

Los problemas hallados eran los habituales en piezas de esta antigüedad y materiales: deterioro provocado por la acción de insectos xilófagos en la talla de madera —esos pequeños enemigos silenciosos que pueden vaciar una escultura desde dentro sin que nadie lo note—, elementos estructurales debilitados, pérdidas volumétricas y zonas afectadas por el paso del tiempo. Todos ellos fueron tratados, consolidados y reintegrados durante el proceso.

Patrimonio agrícola, identidad colectiva

"La conservación de estas imágenes supone mucho más que la recuperación de dos obras de arte. Estamos preservando una parte de la historia, de las tradiciones y de la identidad de nuestros agricultores" - José Gosálbez, presidente del Consell Agrari de València

"La administración también tiene la obligación de proteger el patrimonio cultural y religioso que forma parte de la memoria colectiva de los agricultores. Defender nuestras raíces y orígenes es también defender a quienes han construido la huerta valenciana con su trabajo diario" - José Gosálbez, presidente del Consell Agrari de València

Las palabras de Gosálbez apuntan a algo que va más allá del valor artístico o material de las piezas. La huerta valenciana es uno de los territorios agrícolas con mayor profundidad histórica de toda la península ibérica, un paisaje modelado durante siglos por manos que han encontrado en símbolos como San Isidro un punto de anclaje cultural y emocional. Restaurar sus imágenes es, en ese sentido, una forma de decirle a esa comunidad que su historia merece cuidado.

Dos esculturas, aparentemente modestas en tamaño y circunstancia, que han pasado de ser piezas en riesgo de deterioro irreversible a convertirse en un recordatorio de que el patrimonio no siempre lleva colgado un cartel de museo: a veces vive en la sede de una institución agraria, acumulando polvo y años, esperando que alguien decida que también merece ser salvado.