La Almoina cierra 14 mesos para curar sus heridas: 1,7 millones para salvar el museo que guarda 2.000 años de Valencia bajo el asfalto

El Ayuntamiento de València adjudica por 1,7 millones la mayor intervención en el Centre Arqueològic de l'Almoina desde su inauguración en 2007, con 14 meses de cierre.

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La Almoina
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Bajo la plaza Décimo Junio Bruto, en pleno corazón de València, duermen dos mil años de historia. La ciudad romana, la visigoda, la árabe y la medieval se apilan una sobre otra en un subsuelo de 2.500 metros cuadrados que cada año reciben miles de visitantes. Pero ese suelo que protege tanto tiene un problema: el agua se está colando. Y eso, cuando hablamos de restos arqueológicos irremplazables, no es un detalle menor.

La mayor inversión desde su apertura

La Junta de Gobierno Local del Ayuntamiento de València ha adjudicado este viernes el contrato para la reparación de las filtraciones de agua de la cubierta y la renovación de la climatización del Centre Arqueològic de l'Almoina. El importe asciende a 1.723.777,99 euros, convirtiéndose en la intervención económicamente más ambiciosa desde que el museo abrió sus puertas en diciembre de 2007. La empresa adjudicataria es Fulton SA y el plazo de ejecución es de 14 meses, durante los cuales el centro permanecerá cerrado al público.

No es una obra cosmética. Las patologías acumuladas a lo largo de casi dos décadas afectan directamente a la integridad de los restos arqueológicos que el museo alberga y que lo han convertido, según los especialistas, en uno de los mejores centros arqueológicos de Europa. Que un espacio de esa relevancia lleve años sufriendo goteras es, cuanto menos, una paradoja incómoda.

"Con esta actuación, damos una solución a las patologías existentes y devolvemos el brillo a uno de los yacimientos arqueológicos musealizados más relevantes de la península ibérica y a uno de nuestros museos municipales más visitados" - José Luis Moreno, concejal de Acción Cultural, Patrimonio y Recursos Culturales del Ayuntamiento de València

El agua, el gran enemigo del subsuelo

El proyecto, elaborado por el arquitecto Carlos Campos González y el ingeniero industrial José María Verdú Esteve, por encargo del Servicio de Patrimonio Histórico y Artístico, identifica varias fuentes del problema. La principal es la impermeabilización deficiente de la superficie de la propia plaza. Las lluvias, pero también el riego de los maceteros instalados con posterioridad a la inauguración del centro para suavizar el efecto visual y térmico de la explanada, han ido infiltrando agua hacia el interior. El resultado, visible para cualquier visitante con ojo avizor, es la aparición de goteras y de formaciones calcáreas en distintos puntos del museo.

Pero no acaba ahí. La colocación de mobiliario urbano en la zona norte de la plaza dañó en su día la capa asfáltica de la cubierta, y la zona sur presenta huecos en las juntas entre losas que también derivan en filtraciones. A ello se suma el deterioro de la silicona que sella los paneles de cristal del estanque acristalado central, una de las piezas más características del conjunto. El tiempo, en definitiva, ha hecho mella en cada costuras del edificio.

La respuesta técnica es integral: impermeabilización de arquetas, mejora de la estanqueidad de toda la superficie, saneamiento de las juntas de vidrio y reforma completa del sistema de climatización, que en la actualidad no permite controlar con precisión la temperatura ni la humedad en el interior, condiciones críticas para la conservación de los restos. El nuevo sistema incorporará recuperación de calor y mantendrá las redes de conducto ya existentes.

Extras que también suman

Entre las actuaciones adicionales contempladas en el proyecto figuran la instalación de un video wall en el acceso al centro arqueológico, la sustitución del alumbrado exterior por luminarias LED más eficientes, la renovación del cableado asociado a los nuevos equipos y la colocación de una nueva bomba para la recirculación de la fuente exterior. Son mejoras que, más allá de lo estrictamente reparador, actualizan el espacio y mejoran la experiencia del visitante cuando el museo vuelva a abrir.

Esta intervención no surge de la nada. Entre finales de 2023 y principios de 2024, el Ayuntamiento ya había acometido obras de mejora por un coste cercano a los 800.000 euros: la sustitución de 900 focos halógenos por proyectores LED y la reparación de los audiovisuales del centro, que llevaban años sin funcionar por agotamiento de repuestos y problemas derivados del sobrecalentamiento del subsuelo. La nueva actuación, por tanto, da continuidad a una apuesta de fondo por la conservación del espacio.

Un solar con más historia que muchas ciudades enteras

Desde 1985, el Ayuntamiento de València desarrolló trece campañas de excavaciones arqueológicas y realizó multitud de estudios científicos sobre los hallazgos en publicaciones y congresos especializados. Todo ese trabajo previo fue necesario para entender lo que había bajo tierra antes de poder mostrarlo al público. El resultado es este moderno museo subterráneo de 2.500 m² desde el que se puede hacer un viaje a través de los restos arqueológicos de 2.000 años de historia de la ciudad.

El solar tiene además una historia singular incluso antes de convertirse en museo. A comienzos del siglo XX, el arquitecto Vicente Traver —autor del cercano Palacio Arzobispal— proyectó en ese mismo lugar una monumental ampliación de la Basílica de la Virgen. Las obras se paralizaron con el estallido de la Guerra Civil y nunca llegaron a retomarse. Fue precisamente esa interrupción la que permitió, décadas después, descubrir lo que yacía en el subsuelo. El 22 de junio de 2000, el Ayuntamiento y el Arzobispado de València firmaron el convenio de colaboración que regulaba el derecho de superficie del solar y que abrió el camino hacia la musealización del yacimiento.

El museo es al mismo tiempo una gran lección de historia en tres dimensiones: la mejor forma de comprender e imaginar la evolución de la urbe. Las termas que se pueden visitar en su interior son las más antiguas de toda la península ibérica. Cerrar temporalmente un lugar así siempre es una mala noticia para quienes lo visitan, pero a veces un cierre es la única forma de garantizar que siga abierto muchos años más. Eso es, en el fondo, lo que está en juego con esta intervención.