Cuarenta años después de su creación, el Consell Valencià de Cultura continúa trabajando lejos de los focos, pero en el centro de muchas decisiones clave. Hablamos con Jesús Huguet, secretario del CVC, que hace balance de estas cuatro décadas, explica por qué el Consell es una institución discreta pero decisiva, defiende su independencia y pone en valor la capacidad de diálogo, rigor y visión de futuro que define su trabajo.
El Consell Valencià de Cultura cumple 40 años. Desde dentro de la institución, ¿cuál diría que ha sido su papel principal a lo largo de estas cuatro décadas?
Yo creo que ha sido un papel muy, muy importante. Lo que ocurre es que no es lo suficientemente conocido, porque el Consell es una institución asesora e informativa, pero no tiene capacidad política ni presupuestaria para ejecutar inversiones. Esto hace que no siempre sea visible.
Pero si miramos los hechos, su papel ha sido clave. Por ejemplo, la Acadèmia Valenciana de la Llengua se crea a partir de un informe del Consell Valencià de Cultura. La Ley de la Huerta de València también nace de informes del Consell. Muchas declaraciones de Bienes de Interés Cultural, restauraciones patrimoniales o reformas importantes existen porque antes ha habido un dictamen del CVC.
La institución política o administrativa es la que después pone el dinero y ejecuta, pero la idea, la reflexión intelectual y el asesoramiento nacen aquí.
¿Cree que la sociedad valenciana conoce lo suficientemente bien la función y el trabajo del Consell? ¿Qué se podría hacer para acercarlo más a la ciudadanía?
Yo creo que no, sinceramente. La labor del Consell, según la ley de creación y el Estatuto de Autonomía, es asesorar e informar a las instituciones públicas valencianas en materia cultural. No hacemos obra física ni actuaciones directas, sino que aportamos ideas, criterios y orientaciones para que después otros las hagan realidad.
Es un trabajo menos visible, pero esencial. La cultura no es solo aquello que se ve; también es el proceso intelectual que hace posible que después se materialice.

Usted ha vivido una parte importante de la trayectoria del Consell. Si compara el Consell de los inicios con el actual, ¿qué etapas destacaría?
Yo distinguiría claramente tres etapas.
La primera es la fundacional, en los años ochenta, con figuras como el cardenal Tarancón, Berlanga o Valdés. En esta etapa el Consell asesora casi exclusivamente a la Generalitat y realiza informes muy importantes, como el de los artistas valencianos presentes en la Exposición Internacional de París de 1937, que sirve incluso al Estado español para recuperar obras.
La segunda etapa llega con Santiago Grisolía como presidente. Es el momento en el que el Consell se abre a ayuntamientos, diputaciones, mancomunidades y entidades culturales. Hay una enorme cantidad de trabajo: informes de BIC, restauraciones de patrimonio, iglesias, castillos, edificios…
La tercera etapa, más reciente, mantiene esa labor pero incorpora temas globales: incendios forestales, salud mental, neurociencia, inteligencia artificial… Temas que tienen una dimensión cultural muy amplia, porque la cultura es, en definitiva, la manera de vivir de una sociedad.
En el acto conmemorativo se ha insistido mucho en la idea de reconciliación cultural. ¿Cree que este objetivo sigue siendo vigente hoy?
Sí, y una de las grandes fortalezas del Consell es precisamente su sistema de elección. Los miembros son designados por una mayoría cualificada de dos tercios de Les Corts Valencianes, con una lista unitaria. Esto hace que sean personas de reconocida solvencia cultural, intelectual y científica.
Cada miembro puede tener su ideología, pero lo que prevalece es el rigor y la capacidad de diálogo. Esto permite que el Consell sea un espacio real de reconciliación cultural.
¿Esta pluralidad ideológica y disciplinaria es una de las fortalezas del Consell?
Es la gran fortaleza. Y también el hecho de que no tenemos dinero para repartir. Nuestro presupuesto es muy limitado y solo sirve para el funcionamiento ordinario. Nadie cobra un sueldo: solo hay dietas cuando hay reuniones oficiales.
Esto elimina cualquier tentación de clientelismo. El Consell no puede ser utilizado con fines políticos, y eso le da una gran credibilidad.
¿Cuál diría que es hoy vuestro principal reto?
El reto es el de siempre: continuar trabajando con profundidad. El Consell no solo responde a propuestas externas, sino que también detecta problemas que existen en la sociedad valenciana y los analiza desde el hecho cultural, aunque sea en un sentido muy amplio. La cultura no es solo patrimonio o artes; es también cómo afrontamos los grandes retos sociales.

¿Qué papel ha tenido el Consell en la defensa del patrimonio lingüístico valenciano?
Un papel fundamental. El dictamen que da lugar a la creación de la Acadèmia Valenciana de la Llengua es un dictamen del Consell Valencià de Cultura. De hecho, el preámbulo de la ley de creación de la AVL es literalmente el dictamen del Consell. Aquí no se trata solo de asesorar, sino de construir una base intelectual sólida que después se convierte en ley.
¿Hay algún dictamen o decisión del Consell que recuerde especialmente con orgullo?
No hablaría de orgullo personal, porque es nuestro trabajo. Pero sí que hay dictámenes con una proyección enorme: los informes sobre incendios forestales que llegan a la UNESCO y a la ONU; el dictamen de la AVL; la Ley de la Huerta; o los trabajos después de la DANA, donde durante más de un año se trabajó para dar una dimensión cultural y científica a la reconstrucción.
Todo esto está documentado y se puede consultar en la web del Consell.
Para terminar, si tuviera que resumir en una imagen qué representa el Consell Valencià de Cultura para el País Valencià, ¿cuál sería?
Yo diría que el Consell es como la levadura del pan. No se ve, pero es lo que hace posible que el pan suba y sea comestible. Es la levadura cultural y científica que da dimensión a muchas de las acciones que después se ven, pero que sin este trabajo previo no existirían.