En la nueva biblioteca de la UNED en València, los libros compartirán espacio con una arquitectura que no quiere pasar desapercibida. El hormigón, la madera y una fachada concebida para llenarse de vegetación darán forma a un edificio que nace con una doble vocación: responder a las necesidades de una universidad en crecimiento y abrir sus puertas a una ciudadanía que necesita espacios para estudiar, aprender y encontrarse.
En el complejo de la Casa de la Misericordia, donde conviven diferentes centros educativos y la sede valenciana de la UNED, las obras avanzan para dar forma a uno de los proyectos más importantes de la institución en los últimos años. No será únicamente una ampliación de las instalaciones. La nueva construcción reunirá una biblioteca en su planta superior y un amplio espacio destinado a exámenes y aulas en la planta baja, con una arquitectura flexible que permitirá adaptar sus usos a lo largo del curso.
«Nuestro objetivo es que no sea una biblioteca exclusivamente universitaria, sino que también esté abierta al barrio y a la ciudad», explica Alejandro Cerdà, director del Centro Asociado UNED Alzira-València. Es una de las ideas que más repite durante la visita a las instalaciones y que ayuda a entender el sentido de una construcción que aspira a convertirse en algo más que un equipamiento académico.

Una biblioteca que quiere salir de las aulas y abrirse a la ciudad
La nueva construcción responde, en primer lugar, a una necesidad práctica. La UNED cuenta con alrededor de 7.500 estudiantes en la provincia de València, distribuidos entre sus cinco sedes de València, Alzira, Gandia, Ontinyent y Xàtiva. Un alumnado diverso, en el que conviven jóvenes que comienzan sus estudios universitarios con personas que llevan años trabajando, padres y madres que buscan compatibilizar formación y familia o estudiantes que retoman su trayectoria académica después de mucho tiempo.
Para Cerdà, esa diversidad define buena parte de la identidad de la institución. La universidad debe adaptarse a las circunstancias de cada persona y ofrecer alternativas para que la distancia, los horarios o las responsabilidades familiares no se conviertan en un impedimento para estudiar. De ahí la importancia de mantener un modelo semipresencial, con tutorías, plataformas digitales y espacios físicos donde los estudiantes puedan acudir cuando lo necesiten.
La biblioteca actual, sin embargo, tiene unas posibilidades más limitadas. El nuevo edificio permitirá disponer de zonas de consulta, estudio individual y trabajo colectivo, además de espacios específicos para reuniones y actividades. La intención es que también puedan acercarse personas ajenas a la comunidad universitaria, colectivos ciudadanos o quienes necesiten consultar publicaciones especializadas y preparar oposiciones.
«Queremos una biblioteca viva», insiste el director. No se refiere únicamente a un lugar donde guardar libros y mantener silencio. La propuesta contempla también presentaciones editoriales, encuentros, actividades culturales y otras iniciativas abiertas al público. La idea es que el edificio tenga movimiento durante todo el año y que la universidad encuentre nuevas formas de relacionarse con su entorno.
«Queremos una biblioteca viva»
La nueva biblioteca se proyecta, por tanto, como una extensión de esa manera de entender la universidad: un espacio especializado, pero no cerrado sobre sí mismo; un lugar para el estudio y la investigación que también pueda convertirse en un pequeño foco de actividad cultural para el barrio.

Hormigón, madera y vegetación: una arquitectura pensada para responder a su entorno
El proyecto arquitectónico lleva la firma de archs&graphs, con José Antonio Ruiz Jiménez al frente. Una de las primeras cuestiones que se planteó el estudio fue cómo introducir un edificio contemporáneo en un recinto con una identidad arquitectónica propia, marcado por construcciones independientes, espacios abiertos y edificios de diferentes épocas.
La respuesta no pasaba por reproducir los materiales ni las formas de las construcciones existentes. Tampoco por buscar un contraste radical. «Nuestra intención no era buscar un contraste», explica Ruiz Jiménez, que define la propuesta como una aproximación bastante abstracta al entorno.
El arquitecto habla de una arquitectura de pabellón, de un edificio que participa del espacio compartido sin intentar imponerse sobre él. La relación con las zonas ajardinadas y deportivas próximas también ha sido importante a la hora de definir su imagen exterior. De hecho, uno de los elementos más reconocibles del proyecto será su envolvente, concebida como una especie de celosía que irá incorporando vegetación con el paso del tiempo.
La fachada aspira así a convertirse en una estructura verde. Las plantas trepadoras y los árboles previstos ayudarán a suavizar la presencia del volumen construido y a generar un pequeño microclima en sus zonas exteriores. No se trata únicamente de una cuestión estética: la orientación de algunas de estas fachadas, especialmente la de poniente, hace necesario prestar atención a la incidencia del sol y a las condiciones climáticas de València.
Al acercarse a la estructura, sin embargo, la primera impresión puede ser muy distinta. El hormigón tiene una presencia importante, con grandes pilares y elementos estructurales que recuerdan, en cierto modo, a una arquitectura industrial. Es una imagen contundente que contrasta con la idea más tradicional que solemos asociar a una biblioteca.
Pero detrás de esa elección hay una razón funcional. El edificio tiene dos usos principales y unas necesidades estructurales muy diferentes. En la planta baja debe conseguirse un espacio amplio, despejado y flexible, capaz de albergar a cientos de estudiantes durante los exámenes. En la superior, la biblioteca necesita soportar el peso de las estanterías, los libros y el resto del equipamiento.

«Una biblioteca, al final, es un espacio donde hay muchas estanterías y las cargas son considerables», explica Ruiz Jiménez. Por eso el proyecto necesitaba una estructura potente, capaz de resolver grandes luces, es decir, distancias amplias entre los elementos de apoyo sin llenar el espacio de pilares intermedios.
La solución combina una base estructural de hormigón con elementos de madera laminada y madera contralaminada (CLT). Esta última se fabrica mediante capas de madera encoladas en direcciones alternas, formando paneles resistentes que permiten construir elementos estructurales de gran estabilidad.
La combinación de ambos materiales es una de las particularidades del edificio. El hormigón resuelve las necesidades de resistencia y soporte, mientras que la madera introduce una materialidad diferente en la estructura de la planta superior. No es una mezcla elegida únicamente por su apariencia, sino por las prestaciones que aporta cada material.
También llama la atención que parte de las instalaciones y de los elementos constructivos permanezcan a la vista. Frente a los edificios que ocultan prácticamente toda su infraestructura tras falsos techos y revestimientos, aquí se apuesta por una arquitectura más desnuda, donde se pueden reconocer algunos de los componentes que hacen funcionar el edificio.
«Las instalaciones nos parecen que juegan un papel muy importante en todos los edificios. Es una pena que muchas veces no las veamos», señala el arquitecto. Esta manera de trabajar responde también a una cuestión económica: evitar determinados acabados y soluciones de ocultación permite ajustar mejor el proyecto a un presupuesto contenido sin renunciar a sus objetivos arquitectónicos.
El edificio incorpora, además, estrategias de eficiencia energética y soluciones pasivas de acondicionamiento ambiental. La documentación del proyecto contempla sistemas de ventilación cruzada, protección solar, cerramientos adecuados y presencia de vegetación para mejorar el comportamiento térmico de los espacios. Son recursos que buscan reducir la demanda energética y favorecer unas condiciones de confort adecuadas para los usuarios.
Para Ruiz Jiménez, uno de los mayores retos ha sido precisamente la complejidad técnica de la estructura. Su ejecución ha requerido resolver una combinación de elementos que no siempre resulta sencilla de proyectar y construir. Aun así, el arquitecto considera que el proyecto ha conseguido mantener una coherencia entre la idea inicial y las soluciones finalmente planteadas.
«Cuando ves que lo que se ve, incluso sin estar completado, ya podría ser en sí mismo un edificio, para mí es buena señal».
Una manera de explicar que la arquitectura debe funcionar no solo cuando se termina y se reviste, sino también desde su propia estructura.

Dos plantas, múltiples posibilidades y una universidad que mira al futuro
Más allá de su imagen exterior, la organización interior es una de las claves del proyecto. La construcción se distribuye en dos niveles que responden a las principales necesidades de la UNED y que, al mismo tiempo, permiten que los usos puedan cambiar según el calendario académico.
La planta baja estará destinada principalmente al aula de exámenes. Se trata de un espacio diáfano con capacidad aproximada para 300 estudiantes, preparado para acoger las convocatorias de evaluación presencial, uno de los momentos de mayor actividad en los centros asociados de la universidad.
La gran sala no tendrá, sin embargo, un uso exclusivo durante las semanas de exámenes. Mediante paneles móviles podrá compartimentarse y transformarse en diferentes aulas, con espacios de menor tamaño y capacidades adaptadas a las necesidades docentes. Cerdà explica que algunas de estas configuraciones permitirán disponer de aulas para alrededor de 40 o 50 personas.
Esta flexibilidad es importante en una universidad cuyo funcionamiento combina tutorías presenciales, conexiones online, encuentros académicos y periodos de evaluación muy concentrados. El edificio debe poder responder a todos esos escenarios sin mantener espacios infrautilizados durante buena parte del año.
La primera planta estará ocupada por la biblioteca. La distribución contempla una zona central destinada al depósito bibliográfico, con las estanterías y los espacios de consulta, mientras que los laterales se organizarán en diferentes áreas de trabajo.
Habrá zonas para el estudio individual y otras destinadas al trabajo en grupo. Estas últimas contarán con espacios compartimentados y aislados acústicamente para que puedan desarrollarse reuniones o actividades compartidas sin interferir en el silencio de las áreas de concentración.
La biblioteca contará también con zonas de administración, consulta y espacios específicos para el acceso a los fondos. La distribución responde a una concepción actual de estos equipamientos, donde la biblioteca ya no se entiende únicamente como una sucesión de estanterías y mesas de lectura, sino como un entorno capaz de combinar investigación, aprendizaje, trabajo colaborativo y actividad pública.
El proyecto ha previsto asimismo diferentes recorridos de acceso y evacuación, así como soluciones de accesibilidad para que el edificio pueda ser utilizado por todas las personas. La biblioteca dispondrá de comunicación mediante escaleras y ascensor, y su organización permitirá gestionar de manera independiente determinados espacios y horarios.
Precisamente esa independencia será importante para el objetivo de abrir el edificio a la ciudadanía. Cerdà explica que se ha previsto que la construcción pueda funcionar de manera autónoma respecto al resto del complejo educativo, con un acceso directo desde el bulevar. De esta forma, la actividad de la biblioteca podrá prolongarse en determinados horarios sin necesidad de mantener abierto todo el recinto.
Las previsiones que maneja Cerdà sitúan la entrega de la construcción en primavera o antes del verano de 2027, con la intención de que pueda funcionar con normalidad a partir del curso 2027-2028. Se trata de un calendario previsto, condicionado todavía por la evolución de los trabajos.
Cuando abra sus puertas, la nueva biblioteca será una de las transformaciones más visibles de la UNED en València. Pero su importancia no estará únicamente en los metros cuadrados ganados, en el número de puestos de estudio o en la capacidad de su sala de exámenes. El verdadero alcance del proyecto dependerá también de lo que ocurra dentro de él.
En una época en la que la tecnología permite estudiar desde prácticamente cualquier lugar, la universidad sigue necesitando espacios donde las personas puedan compartir conocimientos, consultar fuentes, debatir y relacionarse. La inteligencia artificial, la formación permanente y los nuevos modelos de aprendizaje están modificando la manera de entender la educación, pero no eliminan la necesidad de lugares físicos donde encontrarse.
Ese es, en definitiva, el propósito que Alejandro Cerdà quiere imprimir al edificio. Una biblioteca que sirva a los estudiantes de la UNED, pero que no termine en ellos; que tenga capacidad para acoger actividades culturales y que encuentre su sitio en la vida cotidiana de València.
«La universidad no debe limitarse a expedir títulos: también tiene que acercar el conocimiento a la sociedad».
Porque, como defiende el director, la universidad no debe limitarse a expedir títulos: también tiene que acercar el conocimiento a la sociedad. Y la nueva biblioteca aspira a ser precisamente eso: una puerta abierta para seguir aprendiendo, a cualquier edad y desde cualquier lugar.