Una extensión de acera de apenas 17 metros. Eso es todo lo que hace falta, a veces, para cambiar la forma en que los conductores perciben una calle. El Ayuntamiento de València ha intervenido esta semana en el barrio de La Malva-rosa con una medida de pacificación del tráfico en la calle Enginyer Fausto Elío que, aunque discreta en apariencia, responde a una demanda vecinal concreta: demasiados vehículos circulaban demasiado rápido por una vía con un paso de peatones justo enfrente de un parque infantil.
Una "oreja" que obliga a frenar
La solución adoptada por el servicio de Movilidad del consistorio tiene nombre técnico —extensión de acera— pero los urbanistas la conocen popularmente como "oreja". Mediante pintura y bolardos, se ha creado una especie de saliente de acera de cerca de 17 metros de longitud que rompe visualmente la recta de la calle en su cruce con Joan Soriano i Esteve, forzando a los conductores a reducir la marcha de forma natural, sin necesidad de un radar ni de una señal de advertencia. La psicología del tráfico lleva décadas demostrando que los conductores adaptan su velocidad a la geometría de la vía: si la calle parece estrecha y con obstáculos, el pie afloja el acelerador.
La actuación no es casual. Se sitúa exactamente frente al paso de peatones que da acceso al parque infantil, un punto especialmente sensible donde la presencia de niños y niñas hace que cualquier exceso de velocidad tenga consecuencias potencialmente graves. La Malva-rosa es un barrio del distrito Poblats Marítims con más de 13.000 habitantes , una zona costera de perfil residencial en la que la convivencia entre tráfico rodado y uso peatonal ha sido históricamente un punto de fricción. Los propios vecinos llevan años reclamando una nueva jerarquización del tráfico que diferencie el viario de conexión con la ciudad del tráfico interno del barrio.
Reordenación del aparcamiento en Joan Soriano i Esteve
La intervención no se limita a frenar coches. En la calle de Joan Soriano i Esteve, el Ayuntamiento ha aprovechado la actuación para reordenar por completo el estacionamiento: se han habilitado ocho plazas para turismos en cordón y cuatro plazas específicas para motocicletas. Un número modesto, pero con una lógica de seguridad bien definida.
Las plazas de moto no se han colocado en cualquier punto de la calle. Se han señalizado contiguas a los pasos de peatones, una disposición que no es nueva en València pero que ahora tiene rango normativo. El nuevo Reglamento General de Circulación, aprobado mediante el Real Decreto 465/2025, de 10 de junio, establece esta ubicación como de obligado cumplimiento en materia de señalización de tráfico. La idea es tan sencilla como efectiva: una moto aparcada junto al paso de peatones actúa como elemento disuasor que impide que otros vehículos bloqueen la visibilidad del cruce, lo que resulta especialmente relevante cuando quienes cruzan son personas mayores, niños o personas con movilidad reducida.
Esta actuación se enmarca dentro de las políticas municipales de mejora de la seguridad vial y pacificación del tráfico urbano que el Ayuntamiento de València viene impulsando en distintos barrios de la capital, con intervenciones similares ya ejecutadas en otros puntos de la ciudad.
Vecinos escuchados, calle transformada
Hay algo significativo en este tipo de actuaciones que va más allá del urbanismo: la queja vecinal se convierte en obra. No siempre ocurre así, y no siempre ocurre tan rápido. En este caso, los residentes de La Malva-rosa alertaron sobre la velocidad de los vehículos en ese tramo y el servicio de Movilidad respondió con una intervención física permanente, no con una campaña de concienciación ni con más señales que los conductores acaban ignorando.
Las obras en el entorno de La Malva-rosa han buscado en los últimos años dotar de más seguridad los accesos a zonas sensibles y crear recorridos más seguros para el paso de personas. La intervención en Fausto Elío es, en ese sentido, un eslabón más de una cadena de transformaciones que pretenden devolver el espacio urbano a quienes van a pie, especialmente a los más vulnerables. Porque una ciudad que protege a sus niños en la puerta de un parque no solo mejora su seguridad vial: mejora, sobre todo, su calidad de vida.

