Un siglo bajo los cipreses: el humilde cementerio de Massarrojos que guarda la memoria de València por 3.250 pesetas

El camposanto de la pedanía valenciana de Massarrojos cumple 100 años como Bien de Relevancia Local, con historia, apellidos y un ilustre vecino eterno.

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Costó 3.250 pesetas. Para hacerse una idea de lo que suponía esa cifra en 1926, la entrada al campo de Mestalla para ver al Valencia FC valía 1,50 pesetas. Por el precio de unos 2.166 entradas al fútbol, el Ayuntamiento de València compró el terreno donde hoy se alzan los cipreses del cementerio municipal de Massarrojos. Este 31 de octubre, mientras media España recuerda a sus muertos, ese pequeño camposanto de la pedanía de Pobles del Nord cumple exactamente cien años de vida.

Una compra de pleno, una inauguración histórica

Fue la Comisión Permanente del Ayuntamiento de València la que, en su reunión del 31 de marzo de 1926, acordó la adquisición de un terreno a don José María Belenguer para levantar el camposanto. Apenas dos meses después, el 31 de mayo de aquel mismo año, el cementerio abría sus puertas. Un cartel en lo alto del pórtico de entrada lo recuerda con la precisión de quien sabe que los datos también son memoria: "Se inauguró el 31 de mayo de 1926, siendo alcalde de València Luis Oliag Miranda y presidente delegado de Cementerios, Luis Miralles Pelecha". Pocos meses más tarde, el 11 de octubre de 1926, el Pleno del Ayuntamiento nombraba en sesión vespertina a Domingo Delgado Tejedor como primer sepulturero del recinto.

En la memoria oral del pueblo pervive incluso el recuerdo del traslado de los cuerpos desde el antiguo al nuevo cementerio, filmado quizás en cine mudo de 35 milímetros. Una imagen que, de existir, sería hoy un documento histórico de valor incalculable.

Un rectángulo con historia y catalogación oficial

El cementerio de Massarrojos y los restos de su antiguo vía crucis están catalogados como Bien de Relevancia Local (BRL) por su condición de espacio etnológico de interés, ese reconocimiento oficial que convierte un lugar cotidiano en patrimonio colectivo. La documentación municipal lo describe con precisión casi geométrica: "un paralelogramo rectangular, alargado en la dirección de la fachada", con un perímetro de nichos y un eje central alrededor del cual se distribuyen panteones y campos de tumbas.

El acceso se produce a través de una puerta ligeramente ladeada respecto al rectángulo que conforma la propiedad. A ambos lados del pórtico, la capilla y el depósito de cadáveres. Después, el silencio y los cipreses, siempre alargados. Los panteones de las familias Senent, Castellano y de algunas víctimas de la Guerra Civil, construidos en piedra caliza, ceden el paso a sepulturas en tierra y a un rastro de lápidas negras y blanquecinas que cuentan, sin palabras, los apellidos del lugar: Doménech, Senent, Bosch, Ibáñez, Alandes…

El ilustre vecino que duerme entre huertos

Hay un nicho discreto, señalado con letras doradas, que guarda uno de los secretos mejor guardados de este camposanto. En él descansan los restos de Nicolau Primitiu Gómez Serrano, uno de los grandes eruditos de la cultura valenciana del siglo XX. Nacido en Sueca el 10 de septiembre de 1877 y fallecido en Valencia el 11 de noviembre de 1971, fue historiador, industrial, escritor, lingüista, bibliófilo y editor. La lápida lo sitúa en el tiempo con la lengua que él mismo defendió: "Nat a Sueca lo 10-9-1877; Mort a Valencia lo 11-11-1971".

La donación de su biblioteca, compuesta por más de 40.000 obras, fue el núcleo principal de la Biblioteca Valenciana, que desde 2010 se denomina Biblioteca Valenciana Nicolau Primitiu. El archivo y la biblioteca personal que donó estaban compuestos por 2.750 manuscritos, 10 incunables, 320 impresos del siglo XVI, 900 del XVII, 3.900 del XVIII, 10.000 obras del XIX y 20.500 del XX, además de 5.000 números de publicaciones periódicas y 630 documentos. Todo ese legado descansa hoy en el antiguo Monestir de Sant Miquel dels Reis. Entre la tumba de Nicolau Primitiu y su biblioteca solo hay una hora y media a pie, y el milenario trencadís de huertos y bancales de la Vega de València.

Junto a él yacen su esposa Maria Antonia Senent Ibáñez, conocida como Tonica la farinera, y sus hijos Ampa y Doménech. Una familia que eligió Massarrojos para su último reposo, como tantas otras que llevan generaciones dando apellido a estas tierras.

El cementerio de pueblo que se adapta al siglo XXI

Cien años después de su apertura, el cementerio de Massarrojos sigue evolucionando. Como otros camposantos municipales, ha incorporado columbarios para acoger urnas con cenizas, una opción que crece en las ciudades pero que en el Cap i Casal no ha desplazado al enterramiento tradicional: los valencianos continúan prefiriendo la sepultura a la incineración. Lejos quedan ya las costumbres de amortajar al finado con el hábito de alguna congregación cercana, de Godella o Montcada.

La visita al recinto es gratuita en su horario habitual, pero quien quiera quedarse más tiempo tendrá que ajustarse a las tarifas de la Ordenanza fiscal municipal. La cuota inicial de un nicho sencillo por cinco años asciende a 158,14 euros en todos los cementerios municipales de València, con renovaciones quinquenales al mismo precio. Un alojamiento temporal de 50 años cuesta 950,07 euros. Para quien prefiera una cripta con capacidad para tres cuerpos y un período máximo de 50 años, el coste ronda los 12.000 euros, aunque esta opción solo está disponible en la sección 20ª del Cementerio General y en la sección 4ª del de Campanar.

La despedida de la Mare de Déu

Quien sale del cementerio de Massarrojos lo hace bajo la mirada de un panel cerámico fabricado en Manises, con la figura azulada de la Mare de Déu dels Desamparats y un lema grabado en valenciano: "Mare dels Desamparats, jamai ens desampareu ni en la vida ni en la mort ni en lo Tribunal de Déu". Es el mismo cierre que tienen el resto de cementerios municipales de València, una constante que une en un mismo gesto de despedida a todos los camposantos de la ciudad. Cien años después de aquellas 3.250 pesetas, Massarrojos sigue siendo lo que siempre fue: un lugar donde el tiempo se detiene, los apellidos permanecen y la memoria de un pueblo encuentra su forma más duradera.