Hay exposiciones que cuentan una historia, y hay exposiciones que conectan dos mundos. La que el Museo de Bellas Artes de València (MuBAV) presenta en Valladolid desde este jueves, 5 de noviembre, hace las dos cosas a la vez: reúne seis pinturas de Francisco Ribalta y de su hijo Juan Ribalta —algunas de gran formato— en las salas del Museo Nacional de Escultura, uno de los grandes templos del patrimonio castellano, para tender un puente entre dos de las escuelas artísticas más importantes del Siglo de Oro español.
Una muestra pequeña en número, enorme en ambición
La exposición se titula 'Los Ribalta. Obras del Museo de Bellas Artes de València' y, aunque seis cuadros puedan parecer pocos, cada uno de ellos carga con el peso de una época. La muestra podrá visitarse hasta el 7 de febrero de 2027, lo que da tiempo más que suficiente para que el público vallisoletano —y el que se acerque desde otras provincias— pueda descubrir o redescubrir a dos figuras que marcaron el rumbo de la pintura religiosa española del siglo XVII.
En el acto de presentación participaron Pablo González Tornel, director del MuBAV y comisario de la exposición, y Alejandro Nuevo Gómez, director del Museo Nacional de Escultura. El encuentro no es casual ni meramente institucional: las obras de los Ribalta dialogan en estas salas con la escultura de Alonso Berruguete y Gregorio Fernández, dos de los grandes nombres del arte castellano del mismo período.
"Los Ribalta dialogan en el Museo Nacional de Escultura con la obra de Alonso Berruguete y Gregorio Fernández, lo que muestra la enorme riqueza del Siglo de Oro español." - Pablo González Tornel, director y comisario de la exposición del Museo de Bellas Artes de València
Francisco Ribalta: el hombre que cambió la mirada
Francisco Ribalta fue el pintor más importante de la escuela valenciana del siglo XVII. No es un título menor. Principal introductor del lenguaje del naturalismo tenebrista del barroco en la zona, nació en 1565 en Solsona y se formó en El Escorial durante las décadas de 1580 y 1590, donde aprendió el lenguaje del manierismo reformado. Después de pasar por Barcelona, Madrid y la corte, se instaló en Valencia en 1599, recibiendo en 1603 su primer encargo importante: el retablo mayor de la iglesia de San Jaime de Algemesí.
Su trayectoria es un ejemplo fascinante de evolución artística. Desde ese lenguaje manierista inicial fue derivando hacia el naturalismo tenebrista del Barroco, que define con total plenitud aproximadamente desde 1620, impregnándolo de la honda espiritualidad que caracteriza a la escuela española. Su obra se caracteriza por un intenso claroscuro que sería la seña de identidad de la pintura valenciana del siglo XVII y por la influencia del espíritu religioso de la Contrarreforma.
No es casualidad que fuera precisamente en València donde su arte alcanzó su cima. Poco después de llegar, inició sus trabajos para el colegio del Corpus Christi, seminario valenciano fundado por el entonces arzobispo Juan de Ribera. Fue en ese entorno de fervor contrarreformista donde Ribalta encontró el encargo, el ambiente espiritual y el público para desarrollar su lenguaje más personal. Entre las obras que viajan a Valladolid figura 'San Bruno', realizada entre 1625 y 1627 para el retablo de la cartuja de Porta Coeli. Esta imagen monumental y austera anuncia ya el arte de Zurbarán.
Juan Ribalta: el heredero que quiso ser otro
El hijo, Juan Ribalta (ca. 1596-1628), nació en el taller de su padre y en él se formó desde el principio. Pero crecer a la sombra de un genio tiene sus complicaciones. Con el tiempo, Juan fue trazando su propio camino, marcando diferencias con la obra paterna gracias a la influencia del pintor murciano Pedro Orrente: la monumentalidad de las figuras, una composición más dramática y un tratamiento de la luz con claras raíces italianas comenzaron a distinguir su producción de la de Francisco.
La exposición incluye el lienzo 'Preparativos para la Crucifixión', realizado en 1615 para el Monasterio de San Miguel de los Reyes, una obra que permite calibrar hasta dónde llegaba el talento de un pintor que falleció con apenas treinta años. Esa muerte prematura, en el mismo año que su padre, truncó lo que apuntaba a ser una de las carreras más prometedoras de su generación. Juan era también, según los testimonios de la época, un pintor intelectual: participaba en círculos poéticos y se relacionaba con humanistas de su tiempo, una dimensión que enriquece su figura más allá del lienzo.
Valladolid como escenario, el Siglo de Oro como hilo conductor
La elección del Museo Nacional de Escultura como sede no es arbitraria. La historia del arte valenciano no puede entenderse sin la figura de Francisco Ribalta, cuya obra supuso un antes y un después en la evolución artística del Reino de Valencia, convirtiéndose en el principal impulsor del naturalismo pictórico y en el creador de una escuela que influiría en generaciones enteras de artistas. Colocar sus cuadros frente a las tallas de Berruguete o Gregorio Fernández no es solo un ejercicio museográfico: es una conversación entre disciplinas, territorios y espiritualidades que compartieron el mismo siglo y los mismos dilemas.
En un momento en el que los grandes museos compiten por los superbloqueos internacionales, esta muestra apuesta por algo más íntimo y, en cierta forma, más honesto: seis obras cuidadosamente seleccionadas que plantean preguntas sobre la fe, la belleza y la manera en que los artistas del XVII trataron de representar lo sagrado con ojos cada vez más humanos. Una visita obligada para quien quiera entender de dónde viene buena parte de lo que hoy consideramos el alma del arte español.


