Once días. Eso es lo que ha tardado la Generalitat Valenciana en devolver la normalidad a los miles de estudiantes que se quedaron sin clase tras el paso de la dana Adam, el temporal que el 19 de octubre azotó con especial virulencia el sur de Valencia y el norte de Alicante, acumulando en algunas zonas más de 600 litros por metro cuadrado en apenas 24 horas. El último centro en reabrir sus puertas ha sido el IES Gabriel Císcar de Oliva, el más dañado de todos, que este viernes ha recibido de vuelta a sus 1.003 alumnos y alumnas. Con este paso, se cierra un capítulo de urgencia educativa que afectó a seis municipios y a más de siete mil escolares.
El instituto que más aguantó el golpe del agua
El IES Gabriel Císcar no salió indemne. Las inundaciones llegaron a alcanzar los 20 centímetros dentro del propio edificio, dejando barro acumulado en pasillos y aulas, materiales y mobiliario de los ciclos de Formación Profesional dañados, e incluso una de las puertas de acceso al exterior destrozada por la fuerza del temporal. No fue solo agua: la caldera del centro, la bomba antiincendios y la bomba de combustible quedaron afectadas y requirieron revisión técnica antes de poder garantizar la seguridad del alumnado.
Durante los últimos días, los equipos de la Generalitat trabajaron en una doble tarea: limpiar cada rincón del centro —tanto el exterior como las zonas interiores— y supervisar el estado de todas las instalaciones críticas. Una carrera contra el reloj que, a diferencia de otras ocasiones, se ha saldado con el éxito de reabrir en tiempo récord.
Más de 7.000 alumnos afectados en dos provincias
La magnitud del impacto educativo de la dana Adam fue considerable desde el primer momento. El 20 de octubre, un día después de las inundaciones, las clases quedaron suspendidas para 7.149 alumnos y alumnas repartidos entre seis municipios: Oliva, Miramar, Bellreguard y Piles, en la provincia de Valencia, con 6.640 estudiantes afectados; y El Verger y Els Poblets, en la provincia de Alicante, con 509 alumnos más. Municipios costeros que, apenas 24 horas antes, habían vivido escenas de confinamiento y rescates de emergencia.
No es la primera vez que la Comunitat Valenciana se enfrenta a las consecuencias educativas de una dana. La catástrofe del 29 de octubre de 2024 —que dejó más de 200 víctimas mortales— supuso un antes y un después en la gestión de las emergencias en la región. Esta vez, aunque el alcance fue menor en términos de víctimas, la rapidez de la respuesta institucional en el ámbito escolar pone de relieve cómo los protocolos han ido madurando tras aquella experiencia devastadora.
Una respuesta que empezó desde el primer día
Nada más pasar el temporal, el Consell se desplazó a los municipios afectados para recabar las necesidades de cada centro y atender a las comunidades educativas sobre el terreno. Una movilización que, según la Conselleria de Educación, Cultura y Universidades, fue posible también gracias a la implicación del personal docente y los equipos directivos de los centros. Sin su colaboración, recuperar la normalidad en tan poco tiempo habría sido, sencillamente, imposible.
Hay algo que merece ser subrayado: once días para limpiar, reparar, verificar y reabrir seis centros educativos afectados por inundaciones es un plazo que, en circunstancias normales de burocracia y logística, podría haberse extendido semanas. Que no haya sido así habla tanto de la urgencia con que se actuó como del impacto que tiene en miles de familias la pérdida —aunque sea temporal— de algo tan cotidiano como llevar a sus hijos al colegio por la mañana.
Para los 1.003 estudiantes del IES Gabriel Císcar que este viernes han vuelto a cruzar la puerta de su instituto, el regreso a las aulas no es solo una cuestión académica. Es, también, una señal de que la vida puede ir recuperando su ritmo incluso cuando el barro todavía no ha desaparecido del todo del recuerdo.

