La Generalitat Valenciana se alía con los ingenieros agrónomos para blindar la rentabilidad del campo y frenar la mayor amenaza que pesa sobre los cítricos

Valencia refuerza lazos con el COIAL para evaluar costes agrícolas y protege los cítricos de una enfermedad sin cura que arrasó el 90% de Florida.

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Hay enfermedades que no hacen ruido hasta que ya es demasiado tarde. El huanglongbing —conocido también como HLB o «enverdecimiento de los cítricos»— es una de ellas: una vez que un árbol se infecta, su muerte es inevitable en pocos años y no existe cura conocida. En Florida, esta plaga bacterial provocó el desplome de más del 90% de la producción citrícola en pocas décadas. España, y en particular la Comunitat Valenciana, mira de cerca ese precedente. No en vano, la región concentra más de la mitad de la superficie citrícola de todo el país. Actuar antes de que llegue es la única estrategia viable. Y eso es exactamente lo que el Institut Valencià d'Investigacions Agràries (IVIA) lleva haciendo en Chipre, donde el vector de la enfermedad fue detectado por primera vez en suelo europeo en 2023.

Un premio que encierra una alerta fitosanitaria global

El IVIA fue distinguido con el Premio COIAL a la Innovación durante la gala de los Premios COIAL 2026, celebrada en València. El galardón reconoció el trabajo del equipo investigador en el desarrollo de un programa europeo de control biológico preventivo frente al insecto transmisor del HLB. La estrategia pivota sobre un aliado diminuto pero eficaz: Tamarixia radiata, una pequeña avispa parasitoide que actúa directamente sobre el psílido asiático Diaphorina citri, el insecto que extiende la bacteria de árbol en árbol. En lugar de recurrir a tratamientos químicos agresivos, la apuesta es usar la naturaleza contra sí misma, bajo supervisión científica y en coordinación internacional.

La alarma en la región mediterránea se disparó tras la detección en 2023 del principal vector de la enfermedad, el psílido asiático Diaphorina citri, en territorio de la Unión Europea, específicamente en Chipre. Desde entonces, el IVIA ha participado activamente en ese frente exterior. Misiones científicas españolas han estado realizando visitas técnicas y asesoramiento especializado de forma constante desde que el psílido asiático fue detectado en territorio chipriota. No es un ejercicio académico: es una carrera contrarreloj para evitar que lo que hoy ocurre en Chipre acabe cruzando el Mediterráneo.

Un convenio para poner precio a lo que cuesta producir

El conseller de Agricultura, Agua, Ganadería y Pesca, Miguel Barrachina, presidió la clausura de los premios y aprovechó el escenario para subrayar uno de los grandes déficits históricos del sector: la dificultad de los agricultores y ganaderos para conocer con precisión cuánto les cuesta producir, transformar y comercializar lo que venden. Sin esa información, cualquier decisión de inversión se convierte en una apuesta casi a ciegas.

Para corregirlo, el Consell ha autorizado un convenio de colaboración con el Colegio Oficial de Ingenieros Agrónomos de Levante (COIAL). El acuerdo permitirá disponer de referencias técnicas rigurosas para evaluar las inversiones del sector y comprender mejor cómo se forma el precio de los productos agroalimentarios a lo largo de toda la cadena. Desde el campo hasta la estantería del supermercado, hay múltiples eslabones en los que el valor se genera, pero también en los que se diluye. Identificar dónde y por qué es el primer paso para defender mejor los márgenes de agricultores y ganaderos.

Proyectos jóvenes con raíces en el territorio

La noche también tuvo espacio para el relevo generacional. Barrachina felicitó a Olallo Villoldo, presidente de Grupotec, galardonado con el Premio al Referente Profesional por su trayectoria y su contribución a la formación de nuevas generaciones de ingenieros agrónomos. Pero quizás los proyectos más reveladores de la velada fueron los trabajos de fin de máster premiados: el de Jaume Miquel Nadal, centrado en el diseño de una quesería vinculada a una explotación ganadera, y el de Adelino Font, que analizó los costes y la rentabilidad de una explotación de cerezas en el Alto Vinalopó. Dos estudios de caso concretos, arraigados en la realidad del territorio valenciano, que demuestran que la ingeniería agronómica no es solo ciencia abstracta, sino una herramienta práctica para mejorar lo que ya existe.

El viñedo valenciano, entre el prestigio exportador y la presión del mercado

La gala también sirvió para reconocer al sector vitivinícola de la Comunitat Valenciana y las Illes Balears con el Premio COIAL al Compromiso. Las cifras hablan por sí solas: más de 55.000 hectáreas de viñedo, 231 bodegas vinculadas a denominaciones de origen e indicaciones geográficas, y exportaciones de vino y mosto que alcanzaron los 269 millones de euros en 2025. Una industria de peso que, sin embargo, afronta tiempos complicados: el consumo de vino cae en los mercados tradicionales, los costes de producción no dejan de crecer y las bodegas pequeñas tienen cada vez más difícil competir en un mercado globalizado. El reconocimiento del COIAL llega, pues, en un momento en que el sector necesita tanto visibilidad como apoyo.

La alianza entre la administración valenciana y los ingenieros agrónomos puede parecer, a primera vista, un acuerdo técnico más. Pero detrás hay una pregunta de fondo que afecta directamente a lo que se paga por los alimentos y a lo que cobran quienes los producen. Entender la cadena de valor no es solo un ejercicio contable: es la base sobre la que construir un sector agrícola y ganadero que pueda sobrevivir —y prosperar— en un entorno cada vez más exigente.