Hay lecciones que ningún libro de texto puede enseñar por sí solo. Una de ellas es lo que significa vivir el terrorismo desde dentro, sufrirlo, sobrevivirlo y, después, tener la generosidad de contárselo a unos adolescentes en un aula. Eso es, en esencia, lo que lleva años ocurriendo en decenas de institutos de la Comunitat Valenciana gracias al programa 'Memoria y Prevención del Terrorismo en las Aulas', impulsado por la Conselleria de Justicia, Transparencia y Participación en colaboración con la Conselleria de Educación, Cultura y Universidades. Desde su puesta en marcha, cerca de 18.500 alumnos y 450 docentes han participado en esta iniciativa.
Una respuesta valenciana a un proyecto nacional
El proyecto nació en 2018 como una colaboración entre el Ministerio del Interior, el Ministerio de Educación, el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo y la Fundación Víctimas del Terrorismo. La propuesta original invitaba a las comunidades autónomas a incorporar unidades didácticas específicas en las aulas de 3º y 4º de la ESO y Bachillerato. La Comunitat Valenciana no solo lo adoptó, sino que fue más allá: construyó un modelo propio.
El proyecto se materializó en la publicación de unidades didácticas para Educación Secundaria y Bachillerato que, elaboradas por expertos, abordan la historia del terrorismo y el rechazo de la violencia desde materias como Geografía e Historia o Filosofía, entre otras. En el caso valenciano, son siete las unidades que conforman el itinerario educativo, elaboradas con el aval de entidades y asociaciones representativas de víctimas.
El resultado es lo que se ha dado en llamar el "modelo valenciano": una estructura pedagógica coherente que combina la formación específica del profesorado —desarrollada junto a la Fundación de Víctimas del Terrorismo—, el trabajo en el aula con materiales didácticos y, sobre todo, la presencia directa de víctimas que comparten su testimonio con los estudiantes.
Veinte voces que cambian perspectivas
Una veintena de víctimas educadoras han pasado por las aulas valencianas para contar lo que vivieron. No es un dato menor. Estos recursos contextualizan el testimonio directo de víctimas del terrorismo en las aulas que relatan su experiencia favoreciendo la empatía, el diálogo y el respeto de los derechos humanos. Frente a una pantalla o un texto, su presencia física genera algo cualitativamente distinto: obliga a mirar a los ojos a alguien que sufrió la violencia y eligió hablar de ello en lugar de callar.
Para muchos estudiantes, es probablemente la primera vez que el terrorismo deja de ser un concepto abstracto o una nota al pie de la historia reciente de España. Las víctimas educadoras no transmiten solo hechos, sino dignidad, resiliencia y un compromiso activo con los valores democráticos. Ese contacto directo, según el propio programa, refuerza el rechazo de cualquier forma de violencia o radicalización.
El curso 2025-2026, en cifras
Los datos del último curso escolar ilustran la solidez que ha alcanzado el programa. En 2025-2026, la iniciativa ha llegado a 40 centros educativos de la Comunitat Valenciana, con 3.193 alumnos y 78 docentes implicados. La distribución territorial revela un arraigo que ya supera las grandes ciudades: 18 centros participantes en Alicante, 16 en Valencia y 6 en Castellón.
Este tipo de programas ha proporcionado excelentes resultados en las comunidades autónomas en las que se ha desarrollado, porque ha ayudado a los jóvenes a conocer el fenómeno terrorista y les ha brindado la oportunidad de conocer de primera mano las consecuencias de la violencia terrorista. En la Comunitat Valenciana, el crecimiento progresivo de la participación a lo largo de los cursos avala esa valoración.
Memoria como ejercicio democrático
Podría pensarse que un programa así es, ante todo, un ejercicio de duelo colectivo. Y en parte lo es. Pero su dimensión preventiva es igual de importante. El programa comprende, entre otras medidas, cursos de formación del profesorado para detectar y prevenir la radicalización, así como jornadas con víctimas educadoras y material audiovisual. La memoria, en este diseño, no mira solo al pasado: también interpela al presente.
En una época en la que los jóvenes reciben información fragmentada a través de múltiples plataformas —y en la que la desinformación puede distorsionar incluso los hechos más documentados— llevar a un aula a alguien que vivió el terrorismo es también un acto de resistencia epistémica. La verdad contada en primera persona tiene una textura que ningún algoritmo puede imitar. Que casi 19.000 estudiantes valencianos hayan tenido acceso a esa experiencia en los últimos años no es solo un logro educativo: es una apuesta sostenida por el tipo de ciudadanía que una democracia necesita para seguir siéndolo.


