Un vendedor anónimo en una conocida plataforma de compraventa online creía tener el negocio perfecto: cuatro pinturas que llevaban estampadas las firmas de algunos de los grandes maestros de la pintura española. Precios de entre 1.500 y 6.500 euros. Compradores potenciales que no sospecharían nada. Lo que no contaba era con que la Policía de la Generalitat Valenciana también navega por internet. El Grupo de Patrimonio Histórico de la Unidad de la Policía Nacional adscrita a la Comunitat Valenciana ha intervenido las cuatro piezas, confirmadas como falsificaciones por expertos de primer nivel.
Maestros valencianos usados como anzuelo
Los pintores cuya firma fue imitada no son nombres cualquiera. Ignacio Pinazo (València, 1849 – Godella, 1916) está considerado uno de los grandes renovadores de la pintura española, junto con Francisco Domingo Marqués y Joaquín Sorolla, forma la gran trilogía de pintores valencianos de finales del siglo XIX y principios del XX. Aunque está considerado uno de los representantes del impresionismo español, con sus paisajes de Godella y de la playa de la Malvarrosa, Pinazo trató también temas históricos, simbolistas y alegóricos. Hoy, sus obras figuran en el Museo del Prado, el IVAM y la Casa Museo Pinazo de Godella, entre muchas otras instituciones.
A su lado, la firma falsificada de Manuel Hernández Mompó (València, 1927 – Madrid, 1992) completaba el cuadro de un engaño bien construido. Junto a ellos, también fueron imitados Hermenegildo Anglada Camarasa (Barcelona, 1871 – Puerto de Pollensa, 1959) y Joaquim Mir (Barcelona, 1873 – 1940), todos ellos pintores de reconocido prestigio internacional. Cuatro nombres de peso, cuatro firmas que en el mercado del arte pueden multiplicar el valor de cualquier lienzo. Precisamente ahí estaba el truco.
La vigilancia digital como herramienta policial
La operación no nació de una denuncia ni de un soplo confidencial. Fueron las labores rutinarias de ciberseguridad de la Policía de la Generalitat las que detectaron las obras sospechosas mientras se ofertaban en la plataforma online. Es un recordatorio de que el fraude artístico ha migrado, como tantas otras actividades, hacia el entorno digital: ya no hace falta una galería física ni un marchante con contactos para intentar colocar una falsificación. Basta con una foto bien encuadrada y una descripción convincente.
Las pesquisas se iniciaron en abril y condujeron a la identificación y localización del vendedor, quien se declaró también propietario de las obras. Los agentes pusieron en marcha las diligencias necesarias hasta poder intervenir físicamente las cuatro pinturas.
Los expertos lo confirman: son falsas
La clave para determinar la autenticidad de las piezas no estuvo en un laboratorio, sino en quienes mejor conocen a estos artistas. Entre las personas que analizaron las obras se encuentran la viuda de Hernández Mompó, el director de la Casa Museo Pinazo de Godella y responsables del Museo de Bellas Artes de València. El veredicto fue unánime: las cuatro pinturas son falsificaciones en las que se ha imitado tanto el estilo como la firma de los artistas con el propósito, presuntamente, de reforzar una apariencia de autenticidad y elevar su valor en el mercado.
El propietario ha sido tomado declaración como investigado no detenido por los presuntos delitos de estafa y contra la propiedad intelectual. Las cuatro obras han quedado a disposición de la autoridad judicial, que deberá determinar qué destino tienen estas piezas que quisieron hacerse pasar por algo que nunca fueron.
El arte falsificado, un problema que no entiende de épocas
Pinazo dejó una ingente producción pictórica dispersa, lo que hace que todavía puedan encontrarse algunos de sus cuadros originales, además de en las mejores pinacotecas, en galerías, subastas de arte y plataformas de compraventa online. Esa dispersión, precisamente, es la que abre una ventana de oportunidad para los falsificadores: cuanto más amplia es la obra de un artista y más fragmentada está su distribución, más difícil resulta para el comprador no especializado distinguir lo auténtico de lo imitado. El caso desvelado en la Comunitat Valenciana pone de manifiesto que la falsificación de arte no es un delito de museos ni de grandes fortunas: también llega a las plataformas digitales de uso cotidiano, donde cualquier usuario podría convertirse, sin saberlo, en víctima de un engaño con firma ilustre.


