Valencia ha decidido mirar de frente al cambio climático y hacerlo con una estrategia a largo plazo. El Plan de Adaptación al Cambio Climático 2050 no es solo un documento técnico, sino una hoja de ruta que asume una realidad ya palpable: el clima de la ciudad está cambiando y ese proceso tendrá consecuencias directas sobre la vida cotidiana, la economía y el territorio si no se actúa con antelación.
Las previsiones para el municipio son claras. En las próximas décadas se espera una reducción de las precipitaciones medias, un aumento sostenido de las temperaturas y una mayor frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos. Este nuevo escenario climático afecta de forma transversal a todos los sectores estratégicos de la ciudad y obliga a replantear muchas cuestiones.
Uno de los ámbitos más sensibles es la agricultura. El plan advierte de la disminución de las reservas de agua dulce, el incremento de la salinidad del suelo y la necesidad de prolongar los tiempos de riego en los cultivos de regadío. A ello se suma la alteración de la estacionalidad de la actividad hortícola, el aumento del riesgo de incendios y una reducción del rendimiento de los cultivos.
El agua es, de hecho, otro de los ejes centrales del plan. El cambio climático incrementa la presión sobre este recurso, con previsiones de subida de precios, posibles conflictos por su uso y una pérdida de calidad del agua para consumo humano. La sobreexplotación de acuíferos, la reducción del caudal en ríos y barrancos, con riesgo de secado estacional, y el aumento de bacterias en aguas residuales y sistemas de drenaje son algunos de los efectos identificados.
El litoral valenciano tampoco queda al margen. El plan señala un mayor riesgo de inundación costera, especialmente en episodios de temporales marítimos combinados con lluvias intensas. Además, el aumento de la temperatura del agua favorece la proliferación de medusas, bacterias y mareas rojas, con consecuencias directas sobre la biodiversidad marina, la calidad de las playas y el sector turístico.

Energía, salud y movilidad: riesgos interconectados
El impacto del cambio climático se extiende también al ámbito energético. La disponibilidad de energía eléctrica de origen hidráulico puede verse comprometida por la reducción de las precipitaciones, lo que refuerza la necesidad de avanzar hacia un modelo energético más diversificado, eficiente y resiliente.
En el plano de la salud, el plan alerta de un incremento de la gravedad y duración de las enfermedades alérgicas, una mayor presencia de patógenos en el agua y un aumento de las afecciones relacionadas con el estrés por calor, especialmente durante las olas de calor cada vez más frecuentes.
El urbanismo tampoco es ajeno a este escenario. Se prevén daños en carreteras e infraestructuras, un mayor consumo energético para climatización, problemas derivados de la dilatación de carriles ferroviarios y cortes del transporte urbano por inundaciones, lo que obliga a repensar tanto el diseño de la ciudad como la gestión de la movilidad.
Cuatro objetivos para preparar la ciudad
Ante este diagnóstico, el Plan Valencia 2050 se estructura en torno a cuatro grandes objetivos: proteger a las personas, impulsar una economía verde y sostenible, mejorar la gestión pública y diseñar una ciudad más eficiente y atractiva.
En primera instancia, la energía ocupa un lugar destacado. El plan apuesta por un modelo bajo en emisiones, fomentando la eficiencia energética y la incorporación de criterios bioclimáticos en la edificación para hacer frente a temperaturas extremas. Al mismo tiempo, plantea una gestión responsable de la energía para reducir el riesgo de pobreza energética.
Otro eje fundamental es la resiliencia de la ciudadanía frente a los eventos climáticos extremos. El plan contempla medidas para mejorar el control de vectores infecciosos, como el desarrollo de una ordenanza municipal que obligue al control periódico de plagas en viviendas y zonas residenciales, así como actuaciones específicas contra la proliferación del mosquito tigre.
La adaptación a las olas de calor se aborda tanto desde la mejora de infraestructuras como desde la prevención sanitaria, con campañas dirigidas a personas mayores, personas sin hogar y otros colectivos vulnerables, integrando los riesgos climáticos en las políticas de salud pública.

Huerta, turismo e innovación: pilares de adaptación
La protección de la huerta se concibe como una pieza clave de la adaptación climática. El plan plantea fomentar el consumo local, apoyar a los agricultores y promover prácticas sostenibles, especialmente en la gestión del agua, para reforzar un sector especialmente expuesto a la variabilidad climática.
El turismo, motor económico de la ciudad, también debe adaptarse. El objetivo es aumentar su resiliencia reduciendo su impacto ambiental, mejorando el confort del visitante ante riesgos climáticos y fomentando una mayor concienciación sobre el cambio climático. La innovación atraviesa todo el plan, con el desarrollo de estudios para identificar puntos de riesgo de inundación, la investigación de soluciones innovadoras y la puesta en marcha de proyectos piloto que permitan testar nuevas formas de adaptación urbana.
La gestión de emergencias climáticas se refuerza con sistemas de alerta por lluvias intensas, comunicación clara de vías de evacuación y alternativas de transporte, y la actualización periódica de la cartografía de riesgos incorporando variables climáticas. En paralelo, la adaptación se integra en la planificación urbanística, apostando por un casco urbano más resiliente, con criterios climáticos en el diseño de barrios, espacios públicos e infraestructuras.
El Plan de Adaptación al Cambio Climático 2050 plantea así una visión de conjunto: no se trata de responder a emergencias puntuales, sino de anticiparse a los impactos y convertir la adaptación en una oportunidad para mejorar la calidad de vida y proteger el territorio.