El Mediterráneo valenciano guarda más secretos de los que muchos imaginan. La Generalitat ha confirmado que seis especies de cetáceos frecuentan de forma estable las aguas de la Comunitat Valenciana, un hallazgo que sitúa este tramo del litoral mediterráneo como un enclave con notable diversidad de mamíferos marinos. Ballenas, delfines y otros grandes cetáceos conviven, en mayor o menor medida, en un mar que millones de personas contemplan cada verano desde la orilla sin saber lo que se mueve bajo la superficie.
El delfín mular, el vecino más fiel del litoral valenciano
De todas las especies registradas, hay una que destaca con claridad sobre el resto: el delfín mular. Este cetáceo se consolida como el más común y abundante en aguas valencianas, muy por delante del resto en número de avistamientos. Es, en cierta forma, el rostro más reconocible de la fauna marina local: el mismo animal que el público asocia a los espectáculos de acuario aparece aquí libre, en su entorno natural, cerca de costas que frecuentan bañistas y embarcaciones de recreo.
El segundo lugar en el ranking de observaciones lo ocupa el rorcual común, una ballena que puede superar los 20 metros de longitud y que, lejos de ser una rareza exótica, realiza un paso migratorio estival por estas aguas. La principal amenaza para el rorcual común en el Mediterráneo es la colisión con embarcaciones , lo que convierte su presencia en estas rutas marítimas en un recordatorio permanente de la tensión entre el tráfico naval y la conservación.
En el extremo opuesto del espectro aparecen especies con una presencia mucho más discreta: el cachalote, el zifio de Cuvier, el delfín común y el calderón común. Sus avistamientos son ocasionales e irregulares, ya sea porque su distribución es más puntual en la zona o porque su comportamiento los hace más difíciles de detectar. La subpoblación de delfín mular del Mediterráneo está clasificada como "Vulnerable" según la Lista Roja de Especies Amenazadas de la IUCN.
Un sistema de vigilancia que se alimenta de muchas manos
Detrás de estos datos no hay un único proyecto científico, sino una red heterogénea de fuentes que trabajan de forma complementaria. El Servicio de Vigilancia Marina de la Generalitat y el proyecto científico MysticMed —centrado en la protección del rorcual común— aportan una base técnica sólida, pero una parte sustancial de la información llega de observaciones oportunistas: avistamientos registrados por administraciones locales, la Guardia Civil, universidades y, cada vez más, embarcaciones pesqueras.
Precisamente el sector pesquero ha protagonizado una de las aportaciones más llamativas del último periodo. En 2025, pescadores que operaban en aguas abiertas al este del talud de la provincia de Castellón —una zona poco muestreada hasta ahora— registraron la presencia de cetáceos durante maniobras de transporte de atún rojo. La navegación a baja velocidad propia de esas operaciones resultó ser, paradójicamente, una condición ideal para detectar animales que de otro modo habrían pasado inadvertidos.
Este tipo de colaboración abre una vía prometedora para ampliar la cobertura geográfica del seguimiento, siempre que vaya acompañada de formación en identificación de especies y, cuando sea posible, de material gráfico que permita validar lo observado. La idea no es nueva —el conocimiento de los pescadores sobre el mar ha sido históricamente infravalorado por la ciencia oficial—, pero su integración sistemática en programas de monitoreo sigue siendo una asignatura pendiente en muchos tramos del Mediterráneo.
Alicante concentra los avistamientos, pero hay matices
Desde un punto de vista geográfico, la provincia de Alicante acumula el mayor número de avistamientos registrados durante la última década. Sin embargo, este predominio debe leerse con cautela: puede reflejar tanto una mayor presencia real de cetáceos en esa zona como una simple concentración de observadores y fuentes de datos activas en ese territorio. Es el eterno problema de los estudios de presencia: lo que no se busca, no se encuentra.
En cuanto a la estacionalidad, los datos apuntan a una mayor abundancia entre finales de verano y principios de otoño. En ese periodo se han llegado a registrar grupos de entre 50 y 80 ejemplares en la zona de Torrevieja, una cifra que resulta sorprendente para quien concibe el Mediterráneo valenciano como un mar tranquilo y vacío de grandes fauna. Los patrones migratorios del rorcual común indican que los ejemplares que pasan por estas aguas podrían regresar al Mediterráneo en invierno , lo que sugiere que las aguas valencianas forman parte de una ruta mucho más amplia.
El reto de la continuidad: sin censos regulares, hay puntos ciegos
Con todo, el informe no elude sus propias limitaciones. La ausencia de censos regulares tanto en el mar como desde el aire durante 2024 y 2025 impide comparar los datos actuales con los de años anteriores y evaluar tendencias a lo largo del tiempo. Es un punto débil relevante: sin series históricas consistentes, resulta muy difícil saber si la presencia de estos animales está creciendo, reduciéndose o simplemente manteniéndose estable. Los datos existen, pero su lectura queda incompleta.
Lo que sí queda claro es que las aguas de la Comunitat Valenciana son mucho más que un destino turístico o una vía de navegación comercial: son un corredor activo para algunas de las criaturas más grandes del planeta. Que una parte significativa de lo que sabemos sobre ellas llegue gracias a un pescador que transportaba atún rojo dice mucho sobre cómo funciona la ciencia en el mundo real, y sobre el valor de poner en marcha redes de vigilancia que no dependan exclusivamente de los recursos de la administración.


