Ya no quedan más Fallas para este 2026. Hemos de aceptarlo y, con ello, la melancolía de unas fiestas que terminan y la rutina que vuelve. Sin embargo, también es momento de reflexionar, de comprender por qué todo esto, qué origina estas tradiciones tan nuestras que ya son un icono de València.
Y es que existen multitud de teorías sobre el origen de las Fallas; sin embargo, muchas de ellas coinciden en algunos puntos. La primera de todas gira en torno a su origen etimológico: la palabra ‘falla’ deriva del latín ‘facula’ o, en nuestra lengua, ‘antorcha’, como las que se colocaban en lo alto de las torres de vigilancia romanas.
Más tarde llegaría el supuesto origen de esta tradición tan nuestra. Se dice que, en vísperas de la festividad de San José, los carpinteros dejaban trastos viejos y restos de madera en las puertas para, después, quemarlo todo. La primera evidencia escrita de ello se encuentra en la ‘Guía urbana de Valencia: antigua y moderna’, obra del marqués de Cruïlles en 1876.
Con la llegada del invierno, los gremios de carpinteros encendían hogueras, quemaban lo sobrante y, de esta manera, ordenaban sus talleres. En honor al santo patrón de los carpinteros, San José, el fuego se convierte en un elemento purificador a la vez que festivo.
Posteriormente, estos carpinteros modificarían estas pilas de restos de madera, incluyendo algún muñeco con forma humana. Llegaban, así, los primeros ninots de las Fallas. Poco a poco, se transformaban en representaciones teatrales en calles y casas.
Unas tarimas de madera sostenían estos ninots, vestidos con ropajes reales y decorados con máscaras de cartón que simulaban ser propias de una obra de teatro.
Otra teoría explica que las Fallas surgen de un muñeco que se arrojaba al fuego después de colgarlo durante un tiempo en las casas durante la Cuaresma, como protesta frente a las ordenanzas municipales de la época que impedían encender fuego en la calle.
Los defensores de esta teoría alegan que, con las celebraciones de Judas por toda Europa, era tradición prender fuego a una figura que imitaba a este personaje histórico de tan mala fama. Y lo que más convence es que, mientras en el resto de ciudades se prohibía esta celebración, en València no.
Existen muchas más teorías que apuntan a otros significados: desde hogueras que servían como iluminación de las calles hasta una imitación de las hogueras de San Juan y el solsticio de verano. Solo a mediados del siglo XIX se empezaría a hablar y escribir más sobre estas fiestas; hasta entonces, no se sabe con certeza cuál fue el motivo original de su celebración.
De escombros de madera a monumentos gigantes
Dejando de lado el origen, lo que sí recogen los archivos históricos es el proceso de legitimación de estas fiestas. Durante la segunda mitad del siglo XIX, los monumentos falleros debían pasar por un proceso de censura previa, dada su naturaleza crítica y satírica. Asimismo, el cobro de impuestos por ocupar las calles y vías públicas convenció a la administración.
Monumentos que ironizaban sobre el matrimonio, las relaciones sexuales y la seducción llamaron la atención de las autoridades del momento. A finales del siglo XIX nacieron los primeros ‘llibrets’, que los niños vendían y que incluían una explicación para cada falla.
En 1901 llegaría otro hecho histórico para las Fallas: el Ayuntamiento de Valencia concede el primer premio a un monumento fallero. De esta manera, el poder institucional legitimaba estas fiestas. Este hecho motivó a sus creadores a elaborar monumentos más artísticos que impresionaran a las autoridades, dando comienzo a un nuevo oficio: el de artista fallero.
Durante el franquismo, el poder religioso aprovechó estas fiestas para añadir la ‘Ofrena’ de flores a la Virgen de los Desamparados. La Junta Central Fallera, comité organizador de las fiestas, quedó bajo el control de las autoridades franquistas en la ciudad. De manera paralela, la dictadura hizo todo lo posible por despolitizar los monumentos, eliminando así una parte importante de su tradición.
Lo que deja clara la historia es que, con el paso del tiempo, estas hogueras situadas en las calles de la ciudad se perfeccionaron hasta convertirse en los monumentos gigantes que hoy se levantan en cada barrio.
Ahora, declaradas como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, las Fallas son una fiesta de dimensiones inmensas. No hay español que no las conozca y, a nivel internacional, son sinónimo de València, además, claro está, de tantos otros municipios valencianos y algunos de Castellón y Alicante.


