El diseño como acto consciente, como herramienta que transforma y como posicionamiento frente al mundo. Bajo el lema «El diseño como resistencia», la ADCV ha abierto la convocatoria de los Premios ADCV 2026, unos galardones que desde hace casi dos décadas reconocen la excelencia del diseño valenciano y su impacto económico, social y cultural.
Con motivo de esta nueva edición, conversamos con Ramón Arnau, presidente de la Asociación de Profesionales del Diseño de la Comunitat Valenciana, que nos recibe en el estudio Arnau Reyna. En la entrevista hablamos de las expectativas de participación, del sentido del manifiesto que acompaña a los premios, de sostenibilidad, impacto positivo —un reconocimiento incorporado hace dos ediciones—, de la ampliación de categorías, del papel del diseño en un contexto social convulso y del momento que vive València como territorio creativo. Una conversación que va más allá de los premios para reflexionar sobre el diseño como práctica crítica, colectiva y no neutral.
Los Premios ADCV llevan 17 años celebrándose. ¿Qué expectativas tenéis en cuanto a la participación en esta edición?
Personalmente, y creo que hablo en nombre de todo el equipo, esperamos que se cumpla la tendencia habitual: batir récord de participación. En todas las ediciones hemos conseguido superar el número de proyectos presentados y esperamos que esta no sea una excepción.
Esta edición se presenta bajo el lema «El diseño como resistencia». ¿Contra qué siente la ADCV que hay que resistir hoy desde la práctica del diseño?
Si no se rediseñaran las cosas, si no se repensaran, seguiríamos utilizando las mismas herramientas, los mismos mecanismos, las mismas formas de trabajar, de vestir o de comer. Si no repensamos, nos quedamos estancados. El diseño es una forma de resistir a que las cosas no cambien, no mejoren, no evolucionen. Resistir es repensar para hacerlo mejor y para facilitarnos la vida. El diseño abarca muchos ámbitos: sostenibilidad, cambios sociales, hábitos… está en todo.

¿Crees que empresas, diseñadores y sociedad valenciana son conscientes de todo lo que implica el diseño, especialmente en cuestiones como la sostenibilidad?
Diría que la inmensa mayoría del sector sí es consciente de la importancia de la sostenibilidad, no solo aplicada al producto final, sino a todos los procesos. Hay empresas que lo aplican incluso en sus instalaciones, en los materiales, en cómo se vive el espacio de trabajo. No se trata únicamente de materiales, sino de cómo estos productos generan un impacto positivo en el día a día de las personas.
¿Qué es lo que más se valora a la hora de premiar un proyecto?
Es clave cómo un producto, una campaña o una herramienta consigue facilitar la vida de las personas y mejorarla. Puede ser desde algo estéticamente agradable hasta algo que te hace la vida más fácil en un gesto cotidiano. Que el diseño ayude, que tenga una utilidad real en el día a día, es uno de los criterios más importantes a la hora de valorar los proyectos.
Los Premios Impacto Positivo forman parte del certamen desde hace unas ediciones. ¿Qué se reconoce exactamente con este galardón?
Impacto Positivo es un reconocimiento transversal que se incorporó hace dos ediciones. En cualquier categoría puede haber un premio de impacto positivo, además del oro y la plata. El jurado valora los materiales, los procesos y qué aporta ese proyecto a la sociedad. Se trata de reconocer diseños que mejoran el entorno o la vida de las personas.
También habéis ampliado las categorías, como en moda o en producto. ¿Por qué era necesario?
Había una demanda clara por parte del sector. En producto, faltaba una categoría específica para objetos tecnológicos, electrodomésticos y dispositivos digitales, que antes sí se presentaban, pero dentro de otras categorías, lo que diluía su presencia. Y en moda hemos diferenciado entre productos para el cuerpo —prendas de ropa, calzado, complementos— y diseño textil, que es la materia prima. Estas decisiones responden a un proceso colectivo de escucha y a la evolución natural de los premios.

En el manifiesto afirmáis que «el diseño no es neutral». ¿Es importante posicionarse en el contexto social y político actual?
Todo es política, y el diseño también. Cuando decides qué problemas quieres solucionar con tu trabajo, estás dando una respuesta al contexto social. Cualquier acción tiene repercusiones. Da igual que sea un producto, una campaña o un servicio: lo lanzas al mundo y tendrá un impacto. Tú decides cómo quieres que sea ese impacto. Nunca eres neutral.
¿Cómo influye el hecho de formar parte del sector del diseño en la manera de entender los premios?
Los premios se hacen para los diseñadores, y formar parte del sector ayuda a entender qué áreas deben reconocerse y cómo evolucionan las necesidades. Pedimos siempre feedback a los socios y, gracias a eso, el certamen se va ajustando y mejorando edición tras edición. Las nuevas categorías nacen de ahí. El objetivo es que los premios funcionen lo mejor posible y que toda la experiencia —desde la participación hasta la gala— sea satisfactoria. Los Premios ADCV se viven mucho en comunidad.
Entonces, los Premios ADCV no son solo una entrega de galardones.
Exacto. No se querían unos premios cerrados o puramente comerciales. Son una forma de reconocer el tejido profesional y de unir al sector. Aprendemos de los errores, escuchamos al colectivo y mejoramos edición tras edición. Esa vocación participativa es clave.
También hay un fuerte componente participativo en los premios honoríficos y en el manifiesto.
Sí. Los premios honoríficos los proponen los propios socios, no puedes autopresentarte. Después se votan. Y el manifiesto es otra pieza importante: está abierto para que los profesionales se adhieran. Se buscaba que los premios tuvieran contenido y reflexión, más allá de la imagen.
Después de la Capital Mundial del Diseño, ¿en qué momento está València como referente creativo?
El sector está en un momento fuerte. Hay mucho talento y se percibe tanto a nivel nacional como internacional. Queda trabajo por hacer —precarización, acceso al mercado laboral, integración real del diseño en las empresas—, pero se han dado muchos pasos. Nos percibimos y nos perciben como un territorio fuerte en diseño.

En los últimos años se habla mucho de la inteligencia artificial como posible amenaza o cambio de paradigma para el diseño. ¿Cómo lo estáis abordando desde la ADCV y desde los propios premios?
La inteligencia artificial no se puede tratar como un sustituto del pensamiento crítico, sino como una herramienta al servicio del diseñador para facilitar tareas y agilizar procesos. De hecho, prácticamente todos ya la utilizamos de alguna manera, desde mejorar un texto hasta ordenar ideas. El problema aparece cuando se pretende sustituir el criterio profesional.
Mientras no sustituya el proceso creativo ni el pensamiento crítico, es una herramienta más, igual que en su momento lo fueron los programas de diseño o el paso del trabajo manual al ordenador. En los premios, además, la valoración recae en un jurado externo e independiente, formado por profesionales del sector.
Desde la ADCV estamos adheridos al manifiesto de la READ sobre el uso de la inteligencia artificial, que apuesta por la transparencia y las buenas prácticas. No se trata de prohibirla, sino de que, si se utiliza como eje principal de un proyecto, se explique y se haga con responsabilidad. El verdadero reto ahora mismo está en la ética y en la protección de la propiedad intelectual, más que en la herramienta en sí.
¿Qué esperáis de la gala y de todo lo que rodea a los premios?
Sobre todo visibilidad. Que el titular sea que el diseño es útil y que soluciona problemas. Si se consigue transmitir que el diseño se puede aplicar a todos los niveles de cualquier empresa o entidad, el objetivo está cumplido. La gala es el colofón, pero después vienen la exposición, el libro, los encuentros… todo suma para que el mensaje llegue más lejos.
