Hay un momento durante la representación en el que uno deja de mirar a los bailarines. O, mejor dicho, deja de fijarse en quién baila. La vista empieza a seguir las formas que aparecen sobre el escenario: círculos que se abren y se cierran, líneas que se rompen para volver a encontrarse y un grupo que parece moverse con una precisión casi imposible.
Esa es probablemente la mayor virtud de la Carmina Burana que el Ballett Dortmund llevó a Les Arts ayer. No busca deslumbrar con un gran paso a dos ni con un solista brillante. La fuerza está en el conjunto.
Edward Clug toma una de las partituras más conocidas del siglo XX y evita el camino más fácil. En lugar de ilustrar la música de Carl Orff, construye un lenguaje propio. La coreografía no explica la obra; dialoga con ella.
Más contemporáneo que clásico
Quien espere el ballet tradicional probablemente se lleve una sorpresa. Aquí no hay una historia que seguir ni personajes sobre los que recaiga toda la atención. Lo importante es cómo se mueve el grupo y cómo ese movimiento acaba transformando el escenario.La sincronía del Ballett Dortmund alcanza un nivel extraordinario. No es solo una cuestión técnica. Es la sensación constante de que todos los bailarines comparten el mismo pulso. Hay escenas que recuerdan más a una instalación artística que a un ballet convencional. Los círculos que dibujan los bailarines aparecen una y otra vez, como una rueda de la fortuna que nunca deja de girar y que, igual que en la cantata de Orff, parece marcar el destino de quienes habitan el escenario.
La escenografía acompaña, pero nunca roba protagonismo. Basta el cuerpo de baile para llenar el escenario.

Una producción pensada como un todo
Si la danza sostiene el espectáculo, la música termina de elevarlo. La Orquestra de la Comunitat Valenciana afronta con autoridad una partitura que no concede descanso, mientras que el Cor de la Generalitat Valenciana vuelve a demostrar por qué sigue siendo una de las grandes formaciones corales del país.
La sensación durante buena parte de la función es que ninguna disciplina acompaña a otra. Ballet, coro y orquesta avanzan al mismo nivel, sin competir por el protagonismo. Ahí reside el gran acierto de esta producción: entender Carmina Burana como una obra total.
Les Arts despide así su temporada de danza con una producción difícil de olvidar. No solo por la fuerza de la música de Orff, sino por demostrar que la precisión también puede emocionar y que, cuando la técnica se pone al servicio de la belleza, el resultado trasciende la propia danza.

