La entrevista con Alberto Catalá, nuevo presidente del Colegio del Arte Mayor de la Seda, comienza en uno de los espacios más emblemáticos: la sala donde se reúne el órgano de gobierno de esta histórica institución.
Antes de encender la grabadora, Catalá se detiene ante varios retratos. Señala con naturalidad a figuras que forman parte no solo de la historia de la institución, sino también de su propia biografía: su abuelo, su padre, generaciones ligadas a la seda. Entre ellos, destaca también la figura de Hortensia Herrero, cuyo impulso fue decisivo para la gran rehabilitación de 2016 que dio nueva vida al edificio.
Ese equilibrio entre tradición, memoria y renovación atraviesa toda la conversación. Catalá habla sin prisa, enlazando siglos de historia con los retos actuales: la crisis del sector, la pérdida de fábricas, el relevo generacional o la necesidad de conectar con nuevos públicos. De ese recorrido surge una idea clara: el futuro del museo pasa por mantenerse fiel a su esencia, pero sabiendo adaptarse a los tiempos.

Lleva apenas un mes al frente del Colegio y del museo, aunque ya venía de cuatro años como vicepresidente. En este arranque de etapa, ¿qué balance hace de estos primeros días y qué sensaciones tiene al asumir ahora la máxima responsabilidad?
El balance es muy positivo. En estos primeros 60 días, lo que más satisfacción me produce es la cohesión, la unidad y la ambición de la Junta de Gobierno. Se ha producido un relevo generacional importante, pero manteniendo una conexión muy fuerte con la experiencia de los miembros más veteranos. Esa combinación es clave. Además, estamos impulsando un plan ambicioso, tanto en la línea expositiva como en convenios para proyectar nuestro saber hacer fuera.
Precisamente hablaba de ese plan y de marcar una dirección clara. En una institución con tanto peso histórico, ¿cuál ha sido la primera decisión importante que ha tomado para definir ese rumbo?
Definir con claridad la línea expositiva del museo, porque es una cuestión estratégica. No podemos equivocarnos ahí.
¿Hacia dónde quiere llevar la propuesta expositiva del museo en esta nueva etapa?
Hemos comprobado que las exposiciones vinculadas a la indumentaria valenciana y a la seda actual tienen mucha más conexión con el público. Hemos hecho exposiciones muy interesantes desde el punto de vista académico, pero quizá menos accesibles para el visitante general. Por eso, nuestra línea va a centrarse en la seda, la indumentaria y todo lo que rodea ese mundo. Eso no excluye otras propuestas, pero sí marca el rumbo principal.

Ese equilibrio entre divulgación y rigor conecta directamente con la esencia histórica del Colegio. Hablamos de una institución con raíces en el siglo XV, ¿cómo se gestiona ese legado sin caer en una visión anclada en el pasado?
Precisamente entendiendo bien ese pasado. Somos uno de los gremios más antiguos de Europa y tenemos la obligación de ser testigos de lo que fue Valencia como ciudad sedera. Pero eso no significa quedarse atrás, sino utilizar esa historia como base para proyectarnos hacia el futuro.
En ese sentido, ¿cree que la sociedad valenciana es realmente consciente de la dimensión que tuvo la seda en la ciudad?
Probablemente no del todo. En el siglo XVIII había más de 3.000 telares en Valencia. Era una potencia enorme. Hoy esa realidad es muy distinta, pero seguimos siendo depositarios de esa tradición.
Uno de los ejes que ha mencionado es el de la formación, especialmente en un sector tan artesanal. En un contexto donde también se habla de relevo generacional, ¿qué líneas están desarrollando para atraer a nuevas generaciones?
La formación es una obligación para nosotros. Hemos recuperado algo muy importante: el oficio de tejedor artesano. Este año hemos terminado el primer curso con alumnos que ya están trabajando en el sector. Eso demuestra que hay futuro, pero también que hace falta vocación. No es solo aprender una técnica, es entender un oficio muy artesanal.
Y en esa línea, ¿están percibiendo interés real por parte de los jóvenes o sigue siendo un reto despertar esa vocación?
Sí, lo hay. Hemos tenido mucha demanda. Pero hay que diferenciar entre quien se acerca por interés cultural y quien quiere dedicarse profesionalmente. Por eso estamos creando dos líneas: cursos más especializados y talleres más accesibles.
Bajando al papel del museo en la ciudad, ¿qué lugar cree que debe ocupar dentro de eventos tan representativos como las Fallas?
Ser un referente. No solo para el valenciano, sino también para el visitante. Tenemos que ser el lugar donde se visualice la tradición sedera de la ciudad, que está muy vinculada a las Fallas y a la indumentaria.

Y para reforzar ese posicionamiento, ¿qué tipo de relación le gustaría consolidar con otros museos y espacios culturales de Valencia?
La colaboración es fundamental. Hemos impulsado jornadas con otros museos para compartir problemáticas y buscar sinergias. Hay diferencias entre museos públicos y privados, pero también muchas oportunidades, como entradas combinadas o circuitos culturales.
Usted proviene además de una familia profundamente vinculada al mundo de la seda. ¿Cómo influye ese legado personal en su forma de entender y gestionar la institución?
Es algo natural. Esta institución está ligada a familias que han mantenido la tradición durante generaciones. En mi caso, además, tengo la suerte de que mi hijo ha tomado el relevo en la empresa familiar, lo que me permite dedicar más tiempo a esta responsabilidad.
Hablaba antes del visitante y del público. ¿Cree que el museo está suficientemente presente en la sociedad valenciana o todavía hay margen de crecimiento, especialmente a nivel local?
Estamos en proceso de recuperación tras la pandemia. Antes del COVID llegábamos a 80.000 visitantes y ahora estamos en torno a 60.000. Es una cifra razonable, incluso adecuada para evitar la masificación. Pero queremos crecer en el público local, y ahí las redes sociales van a ser clave.
En ese crecimiento también entra en juego el respaldo institucional. Tras reuniones recientes con representantes municipales, ¿cómo valora ese apoyo?
Siempre ha sido correcto, pero es cierto que en iniciativas recientes hemos encontrado una sensibilidad especial, especialmente por parte de la alcaldesa María José Catalá, que apoyó acciones solidarias impulsadas desde el colegio.
Han pasado ya diez años desde la gran rehabilitación del edificio. De cara al futuro, ¿cuáles son ahora las prioridades en términos de conservación y evolución del museo?
El principal es la sostenibilidad. Mantener un edificio de más de 500 años requiere muchos recursos. Además, estamos trabajando en la conservación del archivo y en su digitalización, que es un proceso necesario pero que lleva tiempo.
Y precisamente mirando a largo plazo, si tuviera que proyectar el museo dentro de una década, ¿cómo le gustaría que evolucionara y qué papel debería jugar?
Me gustaría que tuviera una mayor proyección internacional. Somos prácticamente el único museo monográfico de la seda en Europa, y eso hay que aprovecharlo. Tenemos que conseguir que se nos conozca fuera y que se entienda la importancia de la tradición sedera valenciana en un contexto global.


