Imagina caminar por la calle principal de tu pueblo con apenas 20 centímetros de acera. Eso es lo que ha vivido durante años buena parte de los vecinos de Chulilla, un municipio de la comarca de Los Serranos, en Valencia, donde la carretera provincial CV-394 —único vial por el que pueden circular vehículos a través del casco urbano— cruzaba el pueblo con unos márgenes peatonales que en algunos puntos no llegaban ni a la anchura de un paraguas abierto. La Diputació de València está a punto de cambiar esa realidad.
Una obra casi quirúrgica en un pueblo de calles estrechas
La institución provincial ultima los trabajos de humanización de la travesía de Chulilla sobre cerca de medio kilómetro de la CV-394, una intervención que ha exigido adaptar cada solución al tramo concreto. Y es que Chulilla, un pueblo blanco y pintoresco, de calles empinadas y estrechas, no es precisamente el lugar donde los ingenieros tienen margen para trabajar con comodidad. Su enrevesado casco antiguo de origen musulmán deja la mayoría de calles cerradas al tráfico. La CV-394 es, de hecho, la excepción: solo es posible circular en coche a través de esta carretera que atraviesa la población.
Esa condición —ser a la vez carretera provincial y calle mayor— es precisamente lo que hacía tan urgente actuar. Antes de las obras, entre la entrada sur y la plaza de la Baronía había puntos donde las aceras medían entre 20 y 60 centímetros. En la parte norte, la situación era algo mejor, pero tampoco mucho: entre 30 y 80 centímetros. Cifras que, sobre el terreno, se traducen en vecinos que caminaban pegados a la pared o directamente compartiendo espacio con los coches.
"La travesía no es únicamente una carretera que cruza nuestro municipio, sino una de las calles principales de Chulilla y un espacio que utilizan todos los días nuestros vecinos." - Vicente Polo, alcalde de Chulilla
Semáforos, pavimento y continuidad urbana
La solución adoptada no ha sido sencilla. Para ganar anchura en las aceras, los técnicos han tenido que reorganizar algunos de los tramos más estrechos de la circulación rodada. El mecanismo elegido es ampliar los tramos donde los vehículos circulan de forma alterna, regulados por semáforos. En la parte norte, ese tramo pasa de unos 80 a 135 metros; en la zona sur, el sistema se extiende a todo el sector más estrecho. El principio es claro: si no puedes ensanchar la calle, reorganizas cómo fluye el tráfico para ceder ese espacio a quien más lo necesita.
La obra logra además dar continuidad al tratamiento urbano entre el paseo de la entrada sur, la plaza de la Baronía y la salida norte, buscando una imagen más coherente de todo el recorrido. En la mayor parte del trayecto, acera y calzada quedan al mismo nivel, pero claramente diferenciadas mediante distintos pavimentos. Eso facilita los desplazamientos a pie y reduce barreras para personas con movilidad reducida. Solo en el tramo norte, donde la topografía lo exige, se mantienen aceras a distinto nivel.
"El cambio va a ser especialmente importante para el peatón, porque partíamos de lugares donde prácticamente no existía espacio para caminar de manera segura." - Vicente Polo, alcalde de Chulilla
La travesía, un reto habitual en la red provincial
La actuación en Chulilla no es un caso aislado. La Diputació de València lleva años abordando la humanización de travesías en distintos municipios de su red provincial, consciente de que muchas carreteras diseñadas para conectar territorios acaban convirtiéndose en el eje vertebrador de la vida cotidiana de pequeños pueblos. Entre 2023 y 2025, se han destinado 7,67 millones de euros a obras de mejora de la red provincial de carreteras. Además, ya está en redacción la humanización de la CV-3451 en Alpuente, con un presupuesto de 468.000 euros, lo que apunta a que este tipo de intervenciones seguirán ganando protagonismo en la política viaria provincial.
La vicepresidenta segunda y diputada de Carreteras, Reme Mazzolari, ha resumido bien la tensión que define este tipo de proyectos: encontrar el equilibrio entre mantener la funcionalidad de una carretera y lograr que, una vez entra en el casco urbano, se convierta en un espacio amable y seguro. No siempre es fácil. Pero en Chulilla, donde los trabajos incluyen también la renovación del pavimento, la adaptación del drenaje y el ajuste de los accesos a viviendas y comercios, la ecuación parece haberse resuelto. Que una acera de veinte centímetros pase a ser un espacio donde un vecino pueda caminar sin mirar por encima del hombro es, en el fondo, de lo que trata la transformación urbana de los pueblos.


