Cinco horas de música, historia y emoción tomaron anoche las calles del centro histórico de Torrent. La Gran Entrada Mora y Cristiana 2026 reunió a más de 3.000 festeros, músicos y bailarines en uno de los desfiles más multitudinarios y esperados del calendario festivo de la Comunitat Valenciana, consolidando una tradición que, desde su nacimiento en 1987, no ha dejado de crecer en participación, ambición escénica y arraigo popular.
El itinerario entre Monte-Sión y Trinitarias, precedido por la tradicional Entrada de Bandas, se convirtió en un escenario al aire libre donde convivieron boatos cargados de simbolismo, ballets, escuadras especiales, músicos medievales, animales adiestrados y carrozas de gran aparato. No es una fiesta cualquiera: desde su origen, los Moros y Cristianos de Torrent han experimentado una notable evolución en número de participantes, riqueza estética, calidad musical y arraigo social. Tanto es así que el Ayuntamiento y la Federación de Moros y Cristianos de Torrent trabajan actualmente para lograr la declaración de Fiesta de Interés Turístico Autonómico, una iniciativa respaldada por todos los partidos del Pleno municipal desde 2023.
"La Gran Entrada ha vuelto a demostrar la grandeza de nuestras fiestas y el extraordinario trabajo que realizan durante todo el año la Federació de Moros i Cristians, las comparsas y las filaes. Torrent se ha llenado de historia, de música y de emoción en una noche que quedará para el recuerdo." - Amparo Folgado, alcaldesa de Torrent
"Hemos vivido una Gran Entrada espectacular, con una participación extraordinaria y una respuesta masiva del público. Cada boato ha sido un auténtico espectáculo y ha reflejado el talento, la creatividad y la pasión festera que caracterizan a Torrent." - María Fernández, concejala de Fiestas del Ayuntamiento de Torrent
Cuatro boatos que contaron cuatro historias
El corazón de la Gran Entrada latió en los boatos de las cuatro máximas representaciones festeras del ejercicio 2026, fruto de meses de ensayos, diseños y preparativos que se condensaron en unas pocas horas de espectáculo. Cada uno de ellos fue, en sí mismo, una pequeña obra de teatro callejero.
La alferecía cristiana, representada por María Ros Esteve, de la filà Els Forquers, escogió la Ruta de la Seda como hilo conductor para celebrar el 30 aniversario de su comparsa. La manta morellana, símbolo de unión y relevo generacional, guio un cortejo que repasó tres décadas de historia mediante estandartes, danzas y referencias a la indumentaria valenciana, hasta culminar con la llegada de la alférez sobre un carro tirado por bueyes.
La capitanía cristiana, ostentada por Inmaculada Vallejo Mora, de la filà Orde de Santa Maria de Montesa, recreó la defensa de las tierras cristianas frente a la invasión berberisca. El desfile desplegó músicos medievales, escuadras de infiltradas, guerreros, lobos adiestrados y guardianes del fuego, cerrando con la aparición de la Capitana Cristiana sobre las ruinas del monasterio de Montesa como símbolo de victoria y restauración de la paz.
En el bando moro, la alferecía mora, encabezada por Amparo Planells Pérez, de la comparsa Buadin'ss —una de las fundadoras de la fiesta—, homenajeó los casi cuarenta años de historia de los Moros y Cristianos de Torrent bajo el título «Relatos de telas del desierto». Camellos, sedas, bordados y el ballet Sara Noor recrearon antiguas caravanas comerciales, mientras la alférez llegaba acompañada por sus nietos como símbolo del arraigo y la continuidad generacional.
El cierre de la noche, con todo el peso dramático que corresponde al último en desfilar, fue para la capitanía mora de Benjamín Sancho Ridaura, de la comparsa Piratas Berberiscos. Su boato, titulado «Razzia», recreó la conquista mora de Torrent con escenas de invasión naval, caballería, un coro de cincuenta voces y un imponente harén. La carroza final del Capitán Moro, portada por 35 esclavos, puso el punto final a un desfile que combinó historia, teatralización y una espectacularidad difícil de superar.
24 comparsas, decenas de bandas y un reto logístico mayúsculo
Junto a los cuatro boatos protagonistas, desfilaron las doce filaes cristianas —Ballesteres, Conqueridos, Almogàvers, Contrabandistes, Hospitalaris, Els Forquers, Comilitons, Templaris, Cides, Guardians, Dames de Na Violant y Orde de Santa Maria de Montesa— y las doce comparsas moras integradas en la Federació de Moros i Cristians de Torrent, acompañadas por decenas de bandas de música llegadas de distintos puntos de la Comunitat Valenciana. Organizar un desfile de estas dimensiones durante más de cinco horas no es un logro menor: supone coordinar vestuario, coreografías, música en directo y la seguridad de miles de participantes y espectadores en el centro histórico de la ciudad.
Los Moros y Cristianos de Torrent congregan ya a más de 3.000 personas y se han consolidado como uno de los pilares de las celebraciones patronales de la ciudad, que ya cuenta con la Semana Santa y las Fallas reconocidas como Fiestas de Interés Turístico Autonómico. Que los Moros y Cristianos aspiren ahora a ese mismo reconocimiento dice mucho de la dimensión que ha alcanzado una fiesta que, en apenas cuatro décadas, ha pasado de ser una iniciativa vecinal a convertirse en referente cultural de l'Horta Sud.
El día grande: los Santos Patronos Abdón y Senén
La Gran Entrada no fue sino el preludio del día grande. El origen de las Fiestas Mayores en honor a los Santos Abdón y Senén, los Santos de la Piedra, se remonta a mediados del siglo XIX, cuando tiene lugar en Torrent el paso del patronazgo oficial de San Luis Bertrán al de los Santos Abdón y Senente. En 1948, el Ayuntamiento de Torrent solicitó a la autoridad eclesiástica que el 30 de julio fuera declarado de precepto como Fiesta de los Santos Patronos, y desde entonces Abdón y Senén son los patrones oficiales de la ciudad.
Hoy, ese 30 de julio vuelve a ser el epicentro de una ciudad que celebra su identidad más profunda. La continuidad del legado festero se hace visible a través de los niños y jóvenes que se incorporan a comparsas y filàs: cada nueva generación recibe una fiesta construida sobre las huellas de quienes la hicieron crecer y asume la responsabilidad de conservarla, enriquecerla y transmitirla. Esa cadena invisible entre generaciones es, quizás, el verdadero espectáculo que se esconde detrás de los carros tirados por bueyes, los coros de cincuenta voces y las sedas del desierto.
