Detrás de cada tomate más resistente al calor, de cada variedad de naranja que aguanta mejor la sequía o de cada arroz que sobrevive a una plaga sin pesticidas, hay años de laboratorio, ensayos fallidos y millones de euros invertidos. Ese esfuerzo silencioso tuvo nombre y reconocimiento en el Oceanogràfic de València, donde se celebró la segunda edición de los Premios ANOVE a la Innovación, organizados por la Asociación Nacional de Obtentores Vegetales. Y allí, el conseller de Agricultura, Agua, Ganadería y Pesca de la Generalitat Valenciana, Miguel Barrachina, aprovechó el escenario para lanzar un mensaje claro a Bruselas: la ciencia ya tiene las herramientas, ahora Europa debe dejar de frenarla.
Un mensaje desde Valencia a Bruselas
Barrachina defendió durante la clausura del evento una regulación europea clara y ágil que facilite la llegada de nuevas variedades vegetales al campo, sin renunciar a las garantías de seguridad. No es una posición nueva en el sector, pero sí resulta especialmente oportuna en este momento: el nuevo Reglamento (UE) 2026/1388 sobre Nuevas Técnicas Genómicas —aprobado por el Parlamento Europeo el pasado 17 de junio y publicado en el Diario Oficial de la Unión Europea el 26 de junio de 2026— abre formalmente la puerta a una nueva generación de cultivos obtenidos mediante herramientas avanzadas de mejora genética, como CRISPR-Cas9. Sin embargo, con carácter general, el nuevo marco será aplicable dos años después, en julio de 2028, una vez completado el periodo transitorio y aprobados los desarrollos técnicos necesarios. Tiempo que, para muchos agricultores, se antoja demasiado largo.
"La ciencia está ofreciendo nuevas herramientas para mejorar nuestros cultivos. Europa debe establecer reglas claras para que esos avances puedan llegar al campo sin retrasos administrativos innecesarios y con todas las garantías" - Miguel Barrachina, conseller de Agricultura, Agua, Ganadería y Pesca de la Generalitat Valenciana
El trasfondo de su reivindicación tiene raíces profundas. El nuevo reglamento pone fin a casi una década de incertidumbre jurídica y política que había frenado el desarrollo y la inversión en tecnologías de mejora vegetal dentro de la Unión Europea, mientras otros países competidores avanzaban rápidamente en la adaptación de sus marcos regulatorios. Una brecha que el sector agrícola ha pagado en forma de oportunidades perdidas.
Lo que está en juego en el campo
Para entender la urgencia del mensaje, basta con pensar en lo que los agricultores valencianos enfrentan cada temporada: plagas que mutan, veranos que se alargan, lluvias que escasean o se concentran en episodios extremos. Barrachina fue explícito al respecto: los agricultores "necesitan variedades que resistan mejor las plagas, soporten las condiciones climáticas adversas y permitan obtener cosechas de calidad con menores costes de producción". Y añadió que "detrás de cada nueva variedad hay años de investigación, ensayos e inversiones que merecen ser reconocidos".
La nueva norma europea abre la puerta al cultivo y comercialización en la UE de variedades vegetales desarrolladas mediante edición genética, con el objetivo de mejorar la resistencia a plagas y condiciones climáticas adversas y reducir el uso de pesticidas. Una promesa que, en el contexto mediterráneo, adquiere un valor especialmente concreto. Pero promesa, al fin y al cabo, hasta que las disposiciones de aplicación estén listas. Copa-Cogeca ha recordado que el desarrollo de nuevas variedades suele tardar entre 8 y 10 años, lo que convierte cada año de retraso regulatorio en un coste real para el sector.
El IVIA, en primera línea de la mejora vegetal
Valencia no es solo un escenario para debatir política agraria: también es un laboratorio. Barrachina destacó el trabajo del Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias (IVIA), integrado en ANOVE, en la obtención y mejora genética de variedades de cítricos, frutales, arroz y hortalizas. Una investigación orientada a lograr cultivos con mejores características productivas y mayor capacidad de adaptación a plagas y condiciones climáticas adversas.
Esa labor investigadora se complementa con las funciones de control y certificación oficial de semillas y material vegetal que desarrolla la propia Generalitat, garantizando la calidad sanitaria del material que llega a las explotaciones y verificando que las variedades comercializadas son exactamente las que sus productores dicen que son. Es decir: ciencia e institución trabajando en paralelo, aunque a menudo a velocidades distintas.
Premios a quienes llevan décadas sembrando innovación
La gala también fue una noche de reconocimientos. Barrachina entregó el Premio Experiencia a dos figuras con décadas de trayectoria en el sector. Javier Bernabéu fundó y dirigió durante treinta años Sakata Seed Ibérica, con sede en Alboraya. Julián Arnedo, por su parte, preside Semillas Ramiro Arnedo, empresa familiar especializada en la investigación y el desarrollo de variedades hortícolas. Dos itinerarios distintos, pero con un denominador común: haber apostado por la innovación vegetal cuando ni siquiera se hablaba de edición genómica.
La ceremonia también reconoció trayectorias más transversales. María Neira fue premiada por su labor en salud pública y alimentación; el investigador Lluís Montoliu, por su trabajo científico y divulgativo; el cocinero valenciano Ricard Camarena, por su vínculo con el producto de proximidad; y el programa televisivo Aquí la Tierra, por su contribución a la divulgación del mundo rural. Un abanico de perfiles que refleja, en sí mismo, hasta qué punto la innovación en el campo no es solo una cuestión de laboratorio, sino de cultura, cocina, comunicación y salud pública.
Lo que quedó claro en el Oceanogràfic es que la mejora vegetal ya no es un asunto de nicho reservado a semilleros y agrónomos. La nueva normativa supone uno de los cambios regulatorios más relevantes de las últimas décadas en materia de innovación vegetal y abre la puerta a que los agricultores europeos puedan disponer, en los próximos años, de cultivos más resistentes a enfermedades y plagas, mejor adaptados a las condiciones climáticas extremas y capaces de ofrecer una mayor estabilidad productiva. La pregunta que flota en el ambiente es si Europa sabrá ponerse al ritmo que el campo —y el clima— le exigen.


