El president de la Generalitat Valenciana, Juanfran Pérez Llorca, se reunió con el arzobispo de València, monseñor Enrique Benavent Vidal, en un encuentro que forma parte de la ronda de contactos institucionales que el jefe del Consell mantiene de manera periódica con las principales entidades y organismos de la Comunitat Valenciana. Una cita que, aunque discreta en su protocolo, habla de algo más profundo: la voluntad de las instituciones civiles de tender puentes con una de las referencias morales y sociales de mayor arraigo en el territorio valenciano.
Un arzobispo con peso institucional y social
Benavent no es un interlocutor menor. Nombrado Arzobispo de Valencia el 10 de octubre de 2022 por el papa Francisco, tomó posesión de la archidiócesis el 10 de diciembre de ese mismo año. Con su llegada, ocupó el cuadragésimo sexto lugar en la serie de arzobispos que ha tenido la diócesis de Valencia desde que fue elevada a sede metropolitana en 1492 por el papa Inocencio VIII. Una historia de más de cinco siglos que convierte a la Iglesia valenciana en una institución con una presencia tan enraizada como pocas en la vida cotidiana de esta comunidad.
Su perfil es el de un hombre de Iglesia con vocación académica y pastoral a partes iguales. Entre sus responsabilidades previas figuran la de profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología "San Vicente Ferrer" de Valencia y la de director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera" de Burjassot. Pero Benavent también es un pastor curtido en la gestión de crisis. Tras la dana que azotó la Comunitat Valenciana, fue uno de los referentes del acompañamiento social, ensalzando la labor de la Iglesia junto a los afectados.
El diálogo entre política y fe, una tradición con raíces profundas
El encuentro entre el president de la Generalitat y el arzobispo de València se inscribe en una larga tradición de relación institucional entre el poder civil y la Iglesia en tierras valencianas. No se trata de una reunión aislada ni de una novedad: el jefe del Consell mantiene este tipo de contactos periódicos con distintas instituciones de la Comunitat, desde entidades económicas y académicas hasta organizaciones sociales y culturales. La Iglesia, con más de un millón de fieles practicantes en la archidiócesis, es sin duda uno de esos interlocutores de referencia.
Benavent, que desde su llegada a la sede valentina ha impulsado importantes iniciativas eclesiales, presidió recientemente la apertura del Año Jubilar en la archidiócesis de Valencia, apelando a la renovación eclesial, a una nueva cultura que valore la vida y a fomentar la reconciliación. Un mensaje que trasciende los muros de las iglesias y que conecta directamente con los desafíos sociales que también preocupan al Gobierno valenciano.
La reconstrucción tras la DANA, telón de fondo inevitable
Cualquier conversación institucional en la Comunitat Valenciana tiene hoy un telón de fondo difícil de ignorar. La dana dejó un total de 229 fallecidos e innumerables destrozos, y la Iglesia ha mantenido una intensa labor de acompañamiento en las zonas afectadas. Cáritas, el brazo social de la Iglesia, ha distribuido más de treinta millones de euros en ayuda material a más de 20.000 afectados. No es un dato menor: la Iglesia valenciana se ha convertido en uno de los actores más activos en la respuesta humanitaria a la catástrofe.
En este contexto, la reunión entre Pérez Llorca y el arzobispo Benavent adquiere una dimensión que va más allá del protocolo habitual. La Generalitat y la archidiócesis comparten un escenario social marcado por la reconstrucción, el duelo colectivo y la necesidad de articular respuestas coordinadas ante una emergencia que aún no ha concluido del todo. Como el propio Benavent ha advertido públicamente, pese a que pueda dar la impresión de que la vida de esas poblaciones se ha normalizado, la Iglesia sigue estando presente en los lugares donde ocurrió la tragedia y abierta a las necesidades de personas que todavía sufren.
En definitiva, estas reuniones periódicas entre el president y las grandes instituciones valencianas no son solo un gesto de cortesía protocolaria. Son, también, una forma de pulsar el estado de una comunidad que sigue buscando su equilibrio. Y en ese esfuerzo colectivo, la voz del arzobispo —como la de tantos otros actores— tiene un peso que ningún gobierno puede permitirse ignorar.

