Un pañuelo. Dentro, figuras de mazapán con forma de naranjas, berenjenas, tomates y calabazas. Y dos piezas singulares: la piuleta y el tronador. Ese es el regalo que los valencianos se hacen cada 9 d'Octubre por Sant Donís, una costumbre aparentemente sencilla que esconde casi ocho siglos de historia, resistencia cultural y oficio artesano. El president de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, visitó este martes el Gremio de Maestros Confiteros de la Comunitat Valenciana y su Escuela Superior de Pastelería para poner en valor esa tradición de cara a la próxima celebración del Día de la Comunitat.
Una institución fundada cuando Valencia acababa de ser reconquistada
Hay gremios con solera y luego está el Gremio de Maestros Confiteros de la Comunitat Valenciana. Sus orígenes se remontan a 1283, apenas cuatro décadas después de que Jaume I entrara en la ciudad en 1238, lo que lo convierte en una de las organizaciones profesionales más antiguas de Europa. Para ponerlo en perspectiva: cuando este gremio se fundaba, en gran parte de Europa aún no existían las universidades tal y como las conocemos hoy. La institución agrupa a los profesionales de la pastelería artesana valenciana y trabaja en la defensa, promoción y conservación de las elaboraciones que forman parte del patrimonio gastronómico de la Comunitat.
Durante la visita, el jefe del Consell reconoció expresamente la labor formativa que desarrolla la Escuela Superior de Pastelería asociada al Gremio, una institución clave para garantizar el relevo generacional y la continuidad de los oficios artesanos. En un sector donde los conocimientos se transmiten de maestro a aprendiz, ese trabajo de formación no es un detalle menor: es lo que decide si una tradición sobrevive o desaparece.
Mazapán como acto de resistencia
En el siglo XVIII, tras la Guerra de Sucesión, quedó totalmente prohibida la conmemoración del 9 de octubre. Aquella imposición no agradó a los valencianos, que siguieron celebrando este día aprovechando la excusa de Sant Dionís. Ante aquella prohibición, los confiteros valencianos encontraron una forma muy ingeniosa de mantener vivo el espíritu de la fiesta: elaborar dulces de mazapán con la forma de los elementos pirotécnicos que ya no podían utilizarse. Así nacieron las representaciones dulces de la piuleta y el tronaor. Lo que antes se lanzaba al cielo en forma de pólvora comenzó a disfrutarse como mazapán.
Con el tiempo, a esas piezas pirotécnicas se sumaron las figuras de frutas y hortalizas que recuerdan los productos de la huerta valenciana. Algunos aseguran que es una representación de los frutos que las valencianas ofrecieron a Jaume I y su mujer, Na Violant d'Hongria, a su entrada en Valencia el 9 de octubre de 1238. Esta costumbre, reservada en un principio para ocasiones especiales e invitados insignes, acabó popularizándose hasta que el 9 de octubre pasó a ser también el día de los valencianos enamorados.
El concurso más antiguo de la Mocadorà
Durante los días previos al 9 de octubre, las pastelerías valencianas se llenan de coloridas figuras de mazapán y pañuelos preparados para regalar. El Gremio de Maestros Confiteros es el principal guardián de esa tradición y, desde hace más de 45 años, organiza el Concurso de Sant Donís, considerado el certamen de Mocadorà más antiguo de la Comunitat Valenciana. En él participan establecimientos distinguidos con el Sello de Calidad Artesana, un reconocimiento que acredita la elaboración tradicional y la excelencia de los productos presentados. No es solo una competición: es una forma de medir el pulso anual a la salud de un oficio.
Sant Donís está considerado el patrón de los enamorados valencianos, con una celebración similar a la de San Valentín, y es costumbre obsequiar con mazapanes en forma de frutas y productos de la huerta. Estos dulces se conocen como la Mocadorà, siendo mocador la palabra valenciana para referirse al pañuelo de seda en el que se envuelven.
Tradición, economía y orgullo de territorio
Pérez Llorca aprovechó la visita para reiterar el compromiso de la Generalitat con la protección de las tradiciones valencianas y con el apoyo a los sectores artesanos. El argumento no es solo cultural, sino también económico: los gremios artesanos generan actividad, empleo y proyección exterior para el territorio. En un mercado globalizado donde la producción industrial puede replicar casi cualquier producto, la artesanía certificada y con historia propia se convierte en un activo difícil de imitar y, por eso mismo, especialmente valioso.
La Mocadorà es, en ese sentido, mucho más que un regalo dulce. Es pura simbología de amor por las tierras valencianas , un gesto cotidiano que cada 9 d'Octubre conecta a quien lo hace con casi ocho siglos de historia compartida. Que esa cadena no se rompa depende, en buena medida, de instituciones como el Gremio de Maestros Confiteros y de quienes, año tras año, se empeñan en enseñar a las nuevas generaciones que un pañuelo con mazapán puede ser, también, un acto de identidad.


