Tres siglos después de su muerte, Antonio Palomino sigue mirando desde arriba. Literalmente. La mayor parte de su obra pictórica se conserva en techos, bóvedas y cúpulas de iglesias y edificios religiosos que millones de personas visitan cada año sin saber quién los pintó. Ese es, quizás, el gran problema de Palomino: que sus creaciones obligan a mirar hacia arriba, y la historia del arte tiene tendencia a mirar hacia las paredes de los museos. El Museo de Bellas Artes de València (MuBAV) acaba de poner remedio a esa injusticia histórica con la inauguración de 'Antonio Palomino y la noche barroca', la primera exposición monográfica dedicada a este pintor y tratadista cordobés, cuya muerte se cumple trescientos años este 2026.
Una deuda pendiente con el último gran maestro barroco
Acisclo Antonio Palomino y Velasco nació en 1655 en Bujalance, una pequeña localidad de Córdoba. Siendo niño se trasladó con su familia a Córdoba, donde inició la carrera del sacerdocio estudiando humanidades —gramática, filosofía, derecho, teología y cánones—, que acabó abandonando para dedicarse a la pintura. Una trayectoria vital que, vista en perspectiva, resulta casi literaria: el hombre que iba a convertirse en el gran teórico del arte español del Siglo de Oro empezó estudiando para cura.
En Madrid fue introducido en el círculo de Juan Carreño de Miranda y Claudio Coello, quienes le facilitaron el contacto con las colecciones reales y le dieron la oportunidad de colaborar en algunas obras. Esos trabajos le permitieron obtener el título de pintor del rey en 1688. La llegada de Luca Giordano a Madrid en 1692 le hizo interesarse en el aprendizaje de la técnica del fresco, llegando a convertirse en uno de los más importantes fresquistas españoles de la segunda mitad del siglo XVII. Como pintor es tenido por el último maestro de la escuela madrileña de pintura, y su faceta como tratadista le ha valido el que fuera considerado el Vasari español, por sus aportaciones a la teoría e historia del arte.
Sesenta y cinco piezas para contar una vida
La muestra, que podrá visitarse hasta el 20 de septiembre, reúne 65 piezas procedentes de veinte museos e instituciones nacionales. Pinturas, dibujos, estampas y producción literaria y teórica permiten recorrer la trayectoria de uno de los principales artistas y teóricos del arte español entre los siglos XVII y XVIII. El proyecto se ha realizado en colaboración con la Biblioteca Nacional de España y está comisariado por el historiador del arte José Riello, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid.
Estructurada en cuatro secciones, la exposición permite explorar la vinculación de Palomino con la Monarquía de España, su concepción de la pintura como arte teológico y sus reflexiones sobre el misterio de la Inmaculada Concepción, su extensa producción de pintura mural —en particular la que realizó en València—, su dedicación a las fiestas públicas y la fortuna de su tratado sobre la pintura.
"Como escritor y teórico, el legado de Palomino es aún más sólido, y a él debemos buena parte de lo que aún seguimos pensando sobre el arte español de los siglos XVI y XVII" - José Riello, comisario de la exposición
El hombre que pintó los cielos de València
Si hay una ciudad que guarda una deuda especial con Palomino, esa es València. Fue a Valencia en 1697, estableciéndose allí durante tres o cuatro años pintando frescos. Durante ese periodo trabajó en la iglesia de los Santos Juanes, la Basílica de la Virgen de los Desamparados y la catedral de València. Además, ideó el programa iconográfico de la iglesia de San Nicolás, cuyas pinturas fueron ejecutadas por su discípulo Dionís Vidal. Son espacios que los valencianos transitan a diario, sin que el nombre de quien los decoró forme parte del imaginario colectivo habitual.
El director del MuBAV, Pablo González Tornel, no oculta la importancia de esta recuperación: "Palomino y Rubens conviven ahora en el Bellas Artes y marcan la apuesta del museo por la investigación de calidad sobre el Barroco". Una afirmación que habla tanto del presente del museo como de la voluntad de situar a Palomino donde siempre debió estar: junto a los grandes.
El 'Museo pictórico', el libro que moldeó cómo vemos el arte español
Aun habiendo considerado la habilidad de Palomino como pintor, su mayor fama se debe a su faceta de tratadista y biógrafo, con la obra El Museo pictórico y escala óptica, un tratado sobre pintura estructurado en tres tomos y publicado en dos volúmenes en Madrid, en 1715 el primero y en 1724 el segundo. El último tomo consta de doscientas veintiséis biografías de pintores y escultores que trabajaron en España y constituye una fuente literaria fundamental para el estudio de la historia del arte español de ese periodo. La obra fue parcialmente traducida al inglés en 1739; posteriormente, un resumen fue publicado en Londres en 1742, y también se tradujo al francés en 1749 y al alemán en 1781. Un éxito editorial que, para la época, equivale a convertirse en referencia internacional.
La secretaria autonómica de Cultura, Marta Alonso, ha subrayado que la exposición "no solo conmemora el legado del insigne pintor y tratadista barroco en tierras valencianas, sino que también reafirma el firme compromiso institucional de la Generalitat con la recuperación científica, la protección activa y la difusión internacional de las obras maestras que definen nuestra profunda identidad cultural". Una declaración de intenciones que, más allá del lenguaje institucional, apunta a algo concreto: que el arte barroco valenciano tiene aún mucho que decir, y que una figura como Palomino —pintor, teórico, fresquista, cortesano y casi clérigo— merece ser conocida más allá de los especialistas. La exposición estará abierta hasta el 20 de septiembre en el Museo de Bellas Artes de València, tiempo más que suficiente para mirar hacia arriba y, por fin, saber a quién darle las gracias.


