Hace un año, el 28 de abril de 2025, España y buena parte de Portugal se quedaron a oscuras. En apenas unos segundos, desapareció cerca del 60% de la energía disponible y millones de personas vieron cómo la vida cotidiana se detenía de golpe: sin luz, sin datos, sin transporte, sin pagos electrónicos y sin una explicación inmediata.
Fue uno de los mayores colapsos eléctricos registrados en la península, pero también una experiencia que dejó al descubierto vulnerabilidades que, con el paso del tiempo, han vuelto a diluirse entre la rutina. Ahora, doce meses después, aquella jornada regresa al debate público no solo como recuerdo, sino como punto de partida para revisar qué aprendimos realmente y qué queda por hacer para evitar que algo así vuelva a repetirse.
El apagón paralizó infraestructuras críticas y dejó escenas que parecían sacadas de otra época. Radios de pilas recuperando protagonismo, vecinos saliendo a la calle para preguntar qué estaba pasando, comercios funcionando a medias, familias buscando velas y linternas en cajones olvidados. La desconexión total, tan impensable en un país hiperconectado, obligó a improvisar soluciones que muchos no habían tenido que poner en práctica nunca.
Durante los días posteriores, se habló mucho de las lecciones que había dejado el cero energético. Se insistió en la importancia de llevar algo de dinero en efectivo, en la utilidad de las radios portátiles, en la necesidad de tener un pequeño kit de emergencia en casa y en la conveniencia de no depender por completo de la conectividad digital.
Pero, como ocurre con tantas crisis, el tiempo fue suavizando la memoria y muchas de esas conclusiones se fueron diluyendo. Hoy, con la normalidad plenamente restablecida, cuesta recordar la sensación de vulnerabilidad que se instaló en millones de hogares aquella tarde.
Un debate que sigue vivo
El pasado 21 de abril, la Comunitat Valenciana volvió a poner el foco en aquel episodio. AVAESEN celebró en Valencia una jornada técnica para analizar en profundidad las causas del apagón y, sobre todo, para definir las claves que permitan reforzar la resiliencia del sistema eléctrico español. Bajo el título “Un año después del apagón: aprendizajes y hoja de ruta”, la cita se realizó con el objetivo de identificar causas, extraer conclusiones y plantear medidas que eviten que un episodio similar vuelva a producirse.
Y es que las investigaciones realizadas durante los meses posteriores concluyeron que no hubo ciberataque, pero sí una combinación de fallos técnicos, oscilaciones en el sistema, problemas de control de tensión y una desconexión en cadena que acabó provocando el colapso. Un origen multifactorial que evidenció la fragilidad de un sistema del que depende la vida moderna.
Uno de los aspectos que más sorprendió aquel día fue la caída total de los sistemas de pago. Con los datáfonos fuera de servicio, las aplicaciones móviles inoperativas y muchos cajeros automáticos bloqueados, miles de personas se encontraron sin su medio habitual para comprar.
El efectivo, relegado en los últimos años por la digitalización, se convirtió de repente en el único recurso disponible. El Banco de España lo sigue recordando: el dinero físico es el único medio de pago que no depende de la electricidad ni de la conexión a internet, lo que le otorga una autonomía esencial en situaciones de emergencia.
Algo similar ocurrió con la radio de pilas. En un país acostumbrado a informarse a través del móvil, las redes sociales o las plataformas digitales, el transistor recuperó un papel central. Allí donde quedaban pilas, una batería o un coche con el sistema operativo activo, la escena se repetía: grupos de personas reunidas alrededor de un pequeño receptor intentando entender qué estaba ocurriendo. La radio volvió a ser el hilo directo con la información, como ya lo fue en otras crisis anteriores.
Preparación ciudadana
La idea del kit de emergencia, que durante años había parecido una recomendación exagerada, también cobró sentido. Semanas antes del apagón, la Comisión Europea había insistido en la necesidad de reforzar la preparación ciudadana ante crisis derivadas del cambio climático, fallos en infraestructuras críticas o situaciones de emergencia.
Pero quizá la reflexión más profunda que dejó el apagón tuvo que ver con la conectividad. La idea de estar permanentemente conectados pasó de ser una obviedad a una ausencia. La desconexión no generó un colapso social, sino una adaptación. Un año después, el apagón sigue siendo un recordatorio incómodo pero necesario. No solo por lo que ocurrió, sino por lo que reveló.
La jornada técnica de AVAESEN llega en un momento clave para recuperar esas lecciones, analizarlas con rigor y convertirlas en una hoja de ruta real. Porque aquella tarde de abril dejó claro que la electricidad puede fallar, pero también que la preparación, la información y la resiliencia pueden marcar la diferencia entre el caos y la respuesta organizada.